sábado, agosto 22, 2015

venta de libros de la escritora Ana Maria Fuster























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Silencios de papel 3


Como carrera de hormigas locas, la palabra se inventa y reinventa, se sumerge y emigra a través de una botella por los mares del tiempo…

Ana María Fuster Lavín

jueves, agosto 20, 2015

Silencios de papel 2

Inicio mi exilio, acurrucada entre recuerdos, la soledad y los sonidos del silencio: 
todos son relativos a la luz.

Ana María Fuster Lavín

Silencios de papel 1

mis manos navegan muertas de palabras
naufraga de lunas, recojo las letras
como rastros de poesía en el salitre

Ana María Fuster Lavín

habitantes de la ciudad silente: Ciudad sin ojos 1



Ciudad sin ojos 1

Semáforo intermitente. La calle está desierta y sigues la marcha. Solo un grafiti en leve movimiento espiral pare truenos como las pisadas de los Sin Ojos. Estos habitan los callejones oscuros de la ciudad silente. Según te acercas, ellos comienzan a lloverse en cataratas como las carcajadas de los recuerdos que tratamos de olvidar, o que olvidamos sin querer. Ellos se inundan desde sus abandonos hasta parir diminutos seres de las cuencas vacías de sus miradas ocultas. El milagro está a la vuelta de la esquina; sin embargo, no quieres escucharlos por temor al dolor. Esos recién nacidos intentan morderte las pisadas y los ojos, así se alimentan hasta convertirte en ellos. Aceleras al caminar en la noche. Te das cuenta de que sigues en el mismo lugar, y ciego.

Ana Maria Fuster Lavin

Veredicto de Ana María Fuster




Veredicto

¿Qué harías si tan solo te quedara una semana de vida? Las palabras del asesino convicto penetran como cuchillas las venas de su abogada. La licenciada López se asusta tanto que regresa a su casa y cancela sus compromisos del día, y del siguiente. Comienza a obsesionarse con su reflejo, pues ve pequeños cambios, como si fuera difumándose poco a poco. Se observa frente al espejo veinte, treinta y hasta cien veces en un noche. Según se aproxima el séptimo día, su imagen se distorsiona en el espejo y sus pies se hunden entre las losetas. Finalmente, llega el momento indicado por el calendario; la sentencia del reo ya no la asusta. Se sonríe sin ya poder verse. Regresa a la cárcel. Le habla al preso, que gira su cabeza sin poder verla. El hombre se pone nervioso. La abogada le susurra al oído: Te tengo mi respuesta; una semana de vida, ¿qué haría? Lo de siempre, fingir que vivo.

Ana María Fuster Lavin



desde Carnaval de Sangre...

Último sueño

Al día siguiente de nuestra muerte, que en realidad fue solo la mía, descubrí que nunca estuve despierta y que tú nunca pudiste soñar. En mi último sueño ya estaba muerta, y mi cuerpo llovía en el horizonte entre mi cama y el acantilado del amor. Amaneció y me desvanecí entre mis sábanas. Aquellos laberintos de Insomnio eran el camino a un carnaval de sangre convertido en palabras. Solo soy el eterno silencio de un libro cerrado para los sueños.

Ana María Fuster Lavín

Las niñas perdidas, del libro Carnaval de Sangre (ana maría fuster)







Las niñas perdidas

La noche es eterna. Doy vueltas en la cama. Miro el despertador. Es la misma hora de ayer cuando no podía dormir, la misma hora exacta a cuando escuché la voz de una niña llorando. Y la misma en que Insomnio dejó de compartir mis sábanas negras. He perdido la noción del tiempo que llevo aquí. No puedo evitarlo, regreso al abismo secreto bajo mi cama. Según voy cayendo, puedo escuchar a la niña. Insomnio me señala una puerta color de rosa. Entro y una lluvia de pétalos cae sobre mí, que se va transformando en gotas de sangre según avanzo. Una silueta en el fondo, sobre una cama, me extiende la mano. Me doy cuenta de que es una niña uno o dos años menor que yo. No siempre fui niña. Me agacho un poco. Ella dice: “Mi amiga está perdida, llegué buscándola y no he podido salir”. La abrazo fuerte y le digo que la voy a ayudar. Según la abrazo, nuestros cuerpos crecen, los senos se agrandan, los suyos contra los míos. La miro a los ojos, me resultan conocidos. Me besa y la beso. No puedo evitar reconocerme en su propia piel, sus curvas, sus pechos. Nos tocamos de la misma forma, nos besamos los sexos —lo recuerdo—, ahora duros como el delirio del vértigo; sus gemidos acompasados con los míos son un coro de espirales hasta venirnos en nuestras bocas. Poco a poco, nos fundimos en un mismo cuerpo, perdiendo los rizos del pubis, las curvas; los senos se vuelven de nuevo pequeñitos. Escucho distintas voces en la sangre, en mi vientre. Estoy —estamos— sola bajo una lluvia de pétalos y sangre. Soy, somos, las niñas perdidas que se buscan hasta encontrarse. Es la misma hora que la otra noche cuando escuché su voz, nuestras voces. Insomnio cierra la puerta bajo mi cama. Doy vueltas entre las sábanas, ahora rosadas. Soy nosotras al terminar la noche.

Ana María Fuster Lavín