domingo, noviembre 07, 2021

renaciéndonos cada vez más fuertes


 

somos aquellas niñas.... Ana María Fuster Lavín

 

Calzado de mujer



 

A Ángela M. Valentín

 

 

 

nosotras

sobre tacas de acero

aferradas a la noche

—nos llamaron brujas—

construimos lo que somos

lo que podemos ser y seremos

como el amor de las alas

que esperan la llegada del pájaro

 

danzamos al alba

con los pies desnudos

vestidas de horizonte

—nos llamaron putas—

llenamos de pisadas

el parto de las voces

coreando nidos

a la flaqueza de las sombras

desordenando sus turbias huellas

y es que nosotras somos cimiento

 

vivimos

calzadas de palabras

—nos llamaron inútiles—

despertamos de un vuelo invisible

en el que nunca dormimos,

habitadas de la rotación sideral

vestidas de domadoras

de fieras mudas

insomnes maestras del infinito

y de sus amores furtivos,

sonámbulas malabaristas

de la pasión y sus instintos

sobrevivientes del miedo

del juego de tronos

y la imperfecta humanidad

 

somos aquellas niñas

que arrojaron sus impuestas zapatillas

al balcón de recuerdos por vivir

 


Ana María Fuster Lavín

Muro azul silencio

2022



Callejón de los gatos... pronto! Cuento: El silencio de las mariposas Ana María Fuster

El silencio de las mariposas

  Ana María Fuster Lavín

 


«
sin respirar siquiera para que nada turbe mi muerte»

Xavier Villaurrutia

 

 

La niebla y esta estación abandonada son mi nuevo hogar. Partió el último tren hace algunas semanas, quizá más tiempo. Tampoco he vuelto a encontrarme con ningún otro humano. Solo permanecemos aquí mi silueta (por llamar de alguna manera a lo que me ocurre, pues siento que poco a poco me difumino) y conmigo, mi gato Nico. Habitamos entre esta boira silente solo interrumpida por los zumbidos de las voces tal vez muertas, como aquellos planetas que vemos en la noche, pero ya no están.

No recuerdo cuando desayuné por última vez. Solo deambulamos, observamos y dormimos. En ocasiones escribo, mientras Nico juega con bolitas de papel y hojas, o persigue a las palomas y mariposas que aparecen. Y nos volvemos a dormir. Cada vez tengo más sueño. Lo que más disfruto es despertar sobresaltada por las caricias de los bigotes de Nico o sus pequeños empujones con su frente. Sospecho que lo hace para averiguar si aún respiro o para que despierte y lo acompañe hasta el umbral donde todo termina. No exagero, es como si el mundo, el nuestro, finalizara en una inmensa nada grisácea, que temo atravesar. Nico tampoco lo hace.

  Cada día esa ruta se extiende algún paso más. Según transcurren los días, aumenta la cantidad de mariposas que, silentes, nos acompañan guiándonos el camino. De vez en cuando, agito mis manos y observo cómo desaparecen temporalmente con cada aleteo. Nico maúlla preocupado y detengo mi juego. Seguimos nuestra ruta hacia la noche danzando entre las mariposas, los fantasmas (así le llamo a mis nostalgias), las calles y la nada. Lamentablemente mis recuerdos ya no paren sueños. Siquiera miradas, mi corazón solo palpita, cada vez más despacio, como despidiéndose de los trocitos de mi pasado. De nuevo llegamos a la pared de nubes y mis pies desaparecen con cada ronroneo. Para avisarme de que ya es hora de regresar al banquito de la estación, Nico muerde sin lastimarme las pantorrillas. Según regresamos, las mariposas negras desaparecen.

“Ya es hora Nico, estoy cansada”. Me lame las manos y se acomoda junto a mi pecho. Siento como va quedándose dormido. Observo cómo anochece la distancia, mientras me entretengo escribiendo en las paredes, o en papeles arrancados de mi viejo diario, las pocas palabras que me quedan.  

Soy una isla vacía, donde silueteo epitafios en el humo, escribo en la última página que le queda a mi diario, cuando una melodía detiene mi torpe apalabrar.

“Nico, ¿escuchas a lo lejos un acordeón?” Hacía tanto tiempo que no escuchaba canciones que logro quedarme dormida plácida y profundamente. No sé cuánto tiempo he dormido.

Al despertar, Nico ya no estaba.

Después de esperarlo y meditar varios días, reconocí que ya no regresaría. Finalmente intento atravesar el humo donde solo habita las última despedida. Según lo atravieso el aleteo es más fuerte, tanto que mis cabellos danzan en el aire que impulsan… Una mariposa se posa sobre mi pecho. Poco a poco decenas, cientos, miles de ellas van recostándose sobre mí. Llega a mí la dulce paz eterna, mientras desaparezco en el silencio de las mariposas.


Ana María Fuster Lavín

Callejón de los gatos,

Ed. Isla Negra

2022

 


lunes, septiembre 07, 2020

Desde La marejada de los muertos, El cuervo

 EL CUERVO

 “La vida es mucho más pequeña que los sueños” —Rosa Montero


El eco de los sueños puede tornarse en graznido de cuervos en las madrugadas, llevándose pequeños trocitos del recuerdo. Lucas se revolcaba en la cama, harto de aquel infernal pajarraco y sus gritos. Comenzaba a rendirse, esperando por María. Ella se encontraba en la capital terminando su tesis, situación que convirtió la relación en un exilio. Los sueños de ella competían con la vida que a Lucas le urgía tener. Temía a la soledad en tal extremo, que comenzó a dolerle la memoria, incomprensible a sus 25 años. Su mente comenzó a filtrarse a través de pequeños rotos, rellenándose de interferencias y silencios. A María le quedaba un mes para presentar la tesis, finalizando así la tregua que le había pedido, ese día lo iría a recoger. María le enviaba cada noche un mensaje expresándole que lo amaba y alguna anécdota, él respondía “yo a ti amor” junto a largos mensajes recomendándole libros. Sus palabras fueron reduciéndose paulatinamente.

“Tardaste mucho en regresar, mami”. “Lucas, soy María”. Recordó que él le había contado que de niño su mamá lo abandonó, que soñaba que distintas aves portaban mensajes de ella en sus cantos. Con el tiempo, dejo de soñarlas, hasta que María se fue a terminar su tesis. “¿Escuchas al cuervo?” “Lucas, no te entiendo”. “El cuervo… yo…”. “No veo nada, amor…”. Calló ante el aleteo de una sombra que atravesaba la ventana. Sorprendida, recogió una pluma del piso; al volver la vista, la recámara estaba repleta de plumas. Lucas había desaparecido.

Ana María Fuster Lavín

Habitación propia, microcuento dedicado a Alexandra Pizarnik, por Ana María Fuster Lavín

 



250 palabras y una marejada de pandemias


 

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Trabajos de Ana María Fuster Lavín en 80 grados

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