domingo, enero 30, 2022

Versos desde el Muro azul silencio

 Regreso a mí

                 «estoy lleno de sombras

                  de noches y deseos

                  de risas y de alguna maldición»

                  Mario Benedetti



regreso a mí

llegué a extrañarme

en ese pequeño hueco entre la razón

y el viento de confeti que fuiste


mis cartas son pájaros

sin jaulas, volando luchas

también sombras, risas y ausencias

como la noche anhela besar el rocío


regreso a mí

al oleaje sonámbulo

a los obituarios para una isla de humo

arrojada al vacío de mi cuerpo


retomo los trocitos

de aquellas cartas que no escribí

mientras habitaba tu árbol

de pies temblorosos de vértigo color amor


regreso a mí

a este cuerpo mutilado de cáncer

de ecos impacientes y melancolías

asomada al mar con un café y mis gatas


¿y si solo fuimos la ruta

de una estrella fugaz

que pasó hace miles de años

y llovió de escarcha sobre estos poemas?


solo sé que regreso a mí

y comienzo a escribir


Ana María Fuster Lavín

Muro azul silencio

2022

miércoles, enero 26, 2022

Diario de invierno / microcuento





Diario de invierno

(despertar del insomnio)

    Un lustro transcurrió desde que inició la pandemia. En la soledad, los insomnios son legión. Sus travesuras congelan mis manos, tornando grisáceas mis palabras. Ellos no tienen boca, pero sus murmullos ensordecedores cuartean cada página del diario. Fueron tantas jornadas así, que yo misma fui sombrificándome. La última vez que sirvió la internet, leí que eso ocurría con los sobrevivientes.

   En las últimas semanas de este invierno de cinco años, los insomnios han silenciado desapareciendo. Pude dormir, pero despierto sobresaltada. No queda nada aquí, tan solo el frío. Moriré pronto, como todos los sonidos conocidos. Vivo entre las sombras del hogar. Intermitentemente escucho ecos de las palabras ocultas en mi diario. Sé que pronto me convertiré en sombra, el encierro prolongado nos ha ido invisibilizando.

      ¿Un pajarito o fue la risa de una niña? No oigo esos sonidos desde iniciar la pandemia, no los distinguiría. Me asomo por la ventana. Solo quedamos los muertos y mi silencio. Guardo en mi mochila algunos víveres, ropa y mi diario. Tímidamente salgo de casa. Según camino, las palabras renacen y paulatinamente aparecen otras personas. Al principio nos hablamos en monosílabos por lo bajito hasta abrazarnos y revelarnos. Gritamos.

     Pronto volverá la primavera.
--
 Ana Maria Fuster Lavin
[Las hijas del grito]
Breves historias del silencio
2023
(microcuentos)

martes, enero 25, 2022

Reseña: de emaljungas, universos alternos y confesiones, la nueva microficción de Mairym Cruz-Bernal

 


Pequeños Monstruos del Subsuelo:

la nueva microficción de Mairym Cruz-Bernal


por Ana María Fuster Lavín

escritora puertorriqueña




que nadie sabe nada hasta que se revela, o rebela

Mairym Cruz-Bernal



Conocer y conocerse para liberarse de vendas –muchas autoimpuestas--, indagar en uno mismo desde el silencio hasta el estallido; escribir para detonar la llamarada; abrir la página en blanco y llenarla de raíces para que el lector beba de nuestros misterios. Surgir desde el subsuelo donde, “nadie sabe nada hasta que se revela, o rebela” (pág. 66).  Revelar, según la RAE es en su primera acepción “Descubrir o manifestar lo ignorado o secreto”; y, en su quinta, “Dicho de Dios: Manifestar a la humanidad sus misterios”(https://dle.rae.es/revelar); en cambio rebelar nos lleva a “Sublevar, levantar a alguien haciendo que falte a la obediencia debida”(https://dle.rae.es/rebelar?m=form). He aquí algunas claves para adentrarnos en el submundo, abonarnos y solidificar nuestras raíces y retoñar. 

    Sin embargo, ¿qué buscamos en este submundo de las palabras?  ¿Cuál es el corazón de la vida? Acaso el acto de escribir es el propio espejo o tan solo somos una autoinvención. Es decir, el escritor es una vida reinventada, a modo del pequeño dios vallejiano, uno que se crea así mismo y a los distintitos mundos que le rodean. Eso parece plantearnos la escritora Mairym Cruz Bernal.  Pero, ¿en qué creer? Esta la poeta, --además, educadora, editora, traductora, columnista y ensayista puertorriqueña que presidió el PEN-Puerto Rico (2008-2012) y actualmente es su vicepresidenta-- nos confiesa “ni siquiera creo en mí”, siendo su espejo de palabras el paraíso de esta diosa no creyente en convencionalismos sociales, religiosos, políticos, siquiera tiene fe en esta unidimesionalidad terrenal, tampoco en la impuesta celestialidad.

  En este libro (San Juan, Ed. Lúdika, 2022) todos podemos ser esos pequeños monstruos del subsuelo descritos por Mairym (graduada de psicología Loyola University y con maestría en creación literaria) y para este reto empleó como estructura o género literario la minificción, tan comentada y analizada en la actualidad, pues como expresa en la contraportada del destacado narrador Emilio del Carril: “Mairym Cruz Bernal, en su oficio de letras, gusta rebasar fronteras y experimentar nuevos estilos”, huir de la zona de confort y atreverse a romper cadenas y crear.

Al leerla, transitamos por sus páginas a modo de un puente de comunicación creativa y provocadora --de la también tallerista nacida en San Juan de Puerto Rico (1963)-- que conecta al escritor con el lector (y viceversa). Puente que no está exento de retos intelectuales y sensoriales, al fin de cuentas esta es otra de las característica del microrrelato, minificción o microcuento.  Se trata de breves textos de naturaleza narrativa y ficcional, que empleando un lenguaje preciso y conciso, a veces lírico, se sirve de la elipsis para contar una historia sorprendente, libre de detalles, descripciones y otros maquillajes ambientales. Donde cualquier palabra innecesaria es gula, donde los silencios nos alimentan, nos hablan, nos seducen: 

“…se sirvió silencio de cena. …¿si no tuvieras palabras, me hubieras hecho el amor?...” (pág. 78)

Tal como ocurre en Pequeños monstruos del subsuelo, en el microrrelato los personajes deben revelarse por sus acciones (actos que incluyen pensamientos y reflexiones) más que por sus caracterizaciones y la condensación temporal es fundamental. Veamos el microrrelato Diario de una mala temporada, en la página 79:

“se marchó. ella entró en la habitación para dispersar el polvo. debajo de la alfombra encontró cicatrices de todos los tamaños. comenzó a saber quién era él, aquel día.”

 Definitivamente, el lector de la microficción no puede quedarse leyendo como quien ve la espuma de una ola arribando tímidamente la orilla; por el contrario, tiene ser activo y meticuloso, para no ahogarse en la incertidumbre. Mucho más en el caso de leer esta publicación de Cruz Bernal, sus intertextualidades, referentes literarios e históricos, el lirismo. Y es que el microcuentista (que nuestra autora alcanza a plenitud) requiere emplear emplea sus destrezas para seducir, enganchar y provocar en pocas palabras, igualmente estricto debe ser el lector que debe degustar cada imagen, cada truco y convulsionar casi sofocado. Porque los microcuentos nos tienen que jamaquear sin explicar qué ocurrió: el escritor así pasa el batón al lector. El microrrelato, por lo tanto, crea la intensidad suficiente para retar al lector hasta convertirlo en su cómplice. En este libro terminamos siendo cómplices y personajes de los distintos mundos, monstruosamente hermosos.



    Estos breves e intensos textos, que componen esta publicación, son íntimos y confesionales, característica del estilo a lo Cruz-Bernal, pero a su vez conversan con las microficciones de la fantasía social –muy humana- como Cortázar (con sus cronopios y famas; Mairym con sus emaljungas) o Emilio del Carril (y sus entregas del Reino de la Garúa), la ironía y humor perverso de Ana María Shua (como sus Cazadores de letras o Fenómenos de circo, entre otros), y, además, Mairym indudablemente intertextualiza con sus propios poemarios (como La hija hereje, Ensayo sobre las cosas simples o Cielopájaro nuestro, entre otros). Al fin de cuentas, la misma escritora sentencia: “la patria del poeta es su lengua”, donde podemos prescindir hasta del propio cuerpo, lo importante es volar, “si no sabes volar pierdes el tiempo conmigo” escribió Girondo, pero en el caso de Cruz Bernal es un vuelo metafísico desde el yo, hacia nuestra patria-naturaleza, hacia el otro, hacia un nuevo yo .

“veamos cómo es volar siendo una sombra. primero se agiganta. es la mancha que oscurece el amazonas, manos de maremoto. selva donde caminan los que he sido. entonces pesan los pies. la sombra adquiere el peso de su cuerpo.” (La confesión, pág. 39)

El peso del cuerpo y de la innegable poesía también está reflejada en la cuidada publicación, diseñada y maquetada por B-Poetry en Colombia (www.burdelianaspoetry.com) con reproducciones de hermosas pinturas (óleo sobre tela) del pintor colombiano Sergio Trujillo Béjar en las distintas secciones del libro. Así,  Pequeños monstruos del subsuelo está dividido en un preludio a modo de presentación y autoficción de la autora y sus motivaciones literarias, y seis mundos (o partes: Pequeña historia del mundo/ Un amante para cada día de la semana/Emaljungas/Peine rojo/Mi turno de impostora/Habitantes del planeta); en el que va rompiendo códigos sociales, códigos de género, códigos orgánicos, lingüísticos y emocionales, para reconstruir un mundos y la propia esencia del ser (humano y monstruo) desde sus cimientos con convicciones sólidas intelectuales, apalabradas, amatorias sin perder jamás el poder del erotismo salvador. 

“lo importante es enraizarnos, comenzar bordeando el ombligo con la lengua, soplar un océano en la saliva compartida, porque el eros es nacernos, ineludibles. lo importante es crecerte de abajo hacia arriba, como todo buen amor.” (pág. 147)


A través de este universo de microrrelatos y microrreflexiones, Mairym Cruz Bernal ficcionaliza tanto su yo como la sociedad misma para desnudarlos de lo innecesario y poner la palabra en la esencia misma de la sociedad, del ser humano. Donde los propios personajes asumen ser creados por la diosa-escritora:   “me duele esta mujer que nos inventa”, se lamenta el Emaljunga, uno de los pequeños monstruos que habitan este hermoso libro a modo de una nueva mitología del submundo o de la propia ciudad que nos habita recorrida por la palabra de la poeta Mairym Cruz Bernal.  Pues un mundo que olvide jugar con la palabra, sencillamente jugar, está condenado a la tristeza, a marcar fronteras hasta dividirse tanto que no podremos alcanzar la mano (humanidad) del otro.

“solo juego a que olvido. freud decía que la tristeza del hombre radica en que hemos dejado de jugar […] jugar con las palabras, pensar que no hay fronteras en los países, que las miradas pueden acariciar, jugar a que tú no estás allá, que eres yo, otra ficción que nos podría unir a humanidad, que la luz es el tejido de un dios que nos cuida. […] jugar a que un beso salve el instante de extravío, hermosa palabra esa: mestizaje. jugar a que somos todos los colores”. (Travesura, pág. 141)

  Microtextos líricos de suspenso sicológico, míticos, antropológicos que, a modo de rompecabezas, van formando ese cofre de sabiduría, de metaliteratura y de vida compuesta de pasiones, reflexiones, locura, muerte y renacimientos humanos y monstruosos; donde va deconstruyendo desde ese yo creador “sin brújula escribo, pero escribo para no matar” —siempre mujer, siempre poeta— y su entorno familiar y social hasta el propio origen de la bondad y, en especial, de la maldad, en estas pequeñas fábulas fantásticas que nos obligan a leerlas y reflejarnos en ellas. Al fin de cuentas, todos somos pequeños monstruos del submundo y tenemos que abonar nuestras raíces para revelarnos y rebelarnos.

Ana María Fuster Lavín


Para adquirir el libro puede escribir a mairymcb@hotmail.com 




martes, enero 18, 2022

Desde el Callejón de los gatos... Las voces de mis manos (cuento)

 Las voces en mis manos

 


 

Sofía me observa desde el final del pasillo. Según se acerca, su mirada me atraviesa, como indagando de qué estoy hecha. Luego se sienta en una esquina de mi escritorio. Mientras intento teclear, sus ojos persiguen la sombra de la otra yo silente. No me sorprendo. Esta suele aparecer cuando llevo días sin escribir. Acaricio a Sofía y ella me besa las manos. Ambas permanecemos calladas. Ese silencio pacífico de la aparente soledad nos entiende. En efecto, es terriblemente “aparente” y tranquilamente efímero.

Ya en la preadolescencia había descubierto que escribir controlaba a mi otra yo, Mariana. Caprichosa, hambrienta, rabiosa…, aquella hermanita que murió poco después de ambas haber nacido. A mi familia le aterraba que la mencionara; incluso, mi madre negaba la posibilidad de que me acordara de ella. Sin embargo, permanecíamos juntas durante todos estos años.

 

“¿Sofía, recuerdas el día que te traje a casa?” Ella me escucha y pasa su frente tiernamente por mi brazo. Desde el instante en que nuestras miradas se cruzaron por primera vez, supimos que estábamos destinadas a estar juntas. “Tú tan tierna, cariñosa y traviesa; yo, tan introvertida, depresiva, demasiado seria, como decía mi ex. Disfruto nuestros partidos de balompié improvisado en la sala, leerte cuentos en la noche. Me llenas de alegrías. Desgraciadamente, al mes de tu llegada, ocurrió el cataclismo.”

Así fue, un mes después, el maldito huracán, evento con el que nos arropó la oscuridad, acompañada de mi desconcentración para escribir. No iba a poder cumplir mi promesa con la editora de entregarle mi quinto libro de cuentos a final de año. Caos, miedo, incertidumbre, muerte. La isla convertida en una necrópolis y mi apartamento, en el limbo. Sí, los católicos abolieron el limbo, pero no soy religiosa ni mi apartamento un templo.

Durante el apagón, que duró demasiados meses, desaparecían cosas de la casa o reaparecían en cajas, en otros lugares. Se escuchaban llantos y susurros. “Y tú, Sofía, tan asustada, dormías bajo la cama. Recuerdo aquella madrugada, sin nada de viento, cuando explotó una ventana de la habitación. Huiste al armario y cuando llegué a ti, Mariana te observaba fijamente, con su mirada de hambre caníbal, hambre de palabras. Pude reaccionar, alcanzando un libro para leerles. Luego improvisé relatos y anécdotas imaginarias. Al amanecer, tomé la libreta sobre la que estabas recostada y escribí como poseída varios microrrelatos sobre gatos. Solo así se calmaron: tú, ella, las voces, los ruidos. Salimos del armario, mientras Mariana y las otras escribían calladas hasta desaparecer.


 

Mi urgencia liberadora por escribir comenzó hacia los ocho años. Cuanto más abstraída estuviese, mi habitación se llenaba más de voces que brotaban de mis manos. No era de extrañar, mis mejores confidentes siempre fueron los libros. Me enganchaba con algún escritor e intentaba leer todas sus obras. Las convertía en mis propias vivencias: amores, guerras, vampiros, aventuras, risas, muertes. Aquellos personajes, casi cincuenta años después, aun calman mis pisadas que, durante la infancia, dolían por sentirme diferente a los demás, por no ser como pretendían que fuera; peor aún, por los gritos que salían de otras habitaciones de mi hogar o de la casa de enfrente. Recuerdo cuando ese asqueroso vecino me exigió que le tocara su erección. Par de días después, en la mañana de Navidad, su esposa apareció asesinada frente a su garaje. Me topé con ella, Camila, cuando yo estrenaba los patines que me había traído Santa Clos. Quedé hipnotizada ante su cuerpo inerte, casi flotando sobre su propia sangre y sus cabellos.

Vivía rodeada de sombras y sus gritos. Salían de mi armario; en realidad, de todos los armarios. Lo que no podía entender se convertía en alimento para aquellos seres ruidosos. Con el propósito de salvarme, cerraba los ojos convirtiéndome en otros personajes, así lograba que aquel estruendoso coro del inframundo se silenciara. Sin embargo, aparecía Mariana, a veces ―desde aquella Navidad― acompañada de Camila con su aura sanguinolenta. Ambas hambrientas de mí, clavándome pequeños alfileres, exigiéndome leerles relatos que muchas veces improvisaba. Finalmente, a los trece años, comencé a escribir en libretas de la escuela, o en mis fantasiosos y aterradores diarios, que guardaba en cajitas bajo la cama y en el armario, como pequeños antídotos contra aquellas apariciones.

 

A mis dieciséis años ya estaba convencida de que, al escribir, resolvería el misterio de mi vida. Dejó de importarme ser extraña para los demás (vecinos, familia, compañeros escolares). Esto, en gran medida, gracias a mi abuela materna, con quien pasaba mis veranos en España, que finalmente decidí ser escritora. Ella me relataba sus historias de la infancia; de su vida durante la Guerra Civil española y la dictadura franquista, y de cómo aquellos relatos la salvaron tantas veces de la propia muerte. Cuando regresaba a mi hogar, en el Caribe, mi Santurce profundo, nos carteábamos semanalmente, enviándonos postales con pequeños cuentos y poemas que permitían alterar el desenlace de algunos recuerdos. Además, así no necesitaba escribir directamente sobre Mariana, como abuela me recomendó, sino esconderla a través de otros personajes, que al fin de cuentas la mantenían feliz habitando sus distintas vidas. También a mí, que para esa época había terminado mi primer libro de cuentos, que publiqué quince años después. Sin embargo, en el verano antes de cumplir dieciocho años, paseando por Sevilla con mi primera novia Sandra, cuatro individuos nos encapucharon y montaron en un auto. Pude liberarme arrojándome del vehículo, pero Sandra apareció muerta dos semanas después.

 


Aquí a mis 53 años, intento seguir escribiendo mientras observo a Sofía dormida sobre mi cama, llena de libros. En realidad, mi apartamento está repleto de cajas, libros y apariciones. Estoy demasiado cansada, pero en el armario despiertan de nuevo las voces rabiosas de Sandra, Mariana, Camila… No es la primera vez que reprochan que publique mis libros solo bajo mi nombre.

—Nosotras te ayudamos a buscar víctimas; Camila las atormenta con sus historias de terror; Sandra, las seduce con ese exquisito erotismo que a ti te hizo ganar un premio nacional. Y sin mí, no eres nadie. Todas escribimos tus cuentos, novelas y micros. Tú solo pones las manos. Nosotras apalabramos tus demonios. ¡Sin nosotras, incluso Sofía, no eres nadie!

—Mariana, cálmate, el huracán…

—Nunca estuviste preparada para liberar tu soledad… Nos usaste.

—¡Basta!

—Tuve que morir al nacer, para que vivieras. A ti te dieron todo; a mí, el olvido. Hasta mami negó haberme engendrado.

— ¡Mariana, suéltame!

 

Esa discusión fue lo último que recordé, al despertar junto a Sofía, abajo, en el jardín del condominio, entre los escombros arrojados por el huracán. La abracé fuerte y regresamos al apartamento.

 

Terminé de escribir por hoy. Sus voces ya descansan. Sofía da un aflautado maullido, desapareciendo por el pasillo. Envío el manuscrito al correo electrónico de la editora. Cierro la computadora casi de un suspiro. Nunca entendí cómo pudimos caer desde la ventana durante el huracán, habíamos estado encerradas casi todo el tiempo en el baño. Han pasado algo más de cinco años…  

Me dirijo al pasillo junto a Sofía, Mariana, Camila y Sandra, mientras desvanezco, junto a sus sombras. Pronto invadiremos nuevos armarios, mientras construiremos otro rompecabezas de susurros para un próximo libro.

Ana María Fuster Lavín

Callejón de los gatos

Ed. Isla Negra, 2022

PRONTO

Premio Nacional de Microcuento, PEN Internacional de Puerto Rico: La marejada de los muertos y otras pandemias. Ana María Fustet Lavín

miércoles, noviembre 24, 2021

Contra la violencia de género y los feminicidios, contra la impunidad

 Duelo por la niña enamorada

 


 

                                                    Para Keishla Rodríguez 

y todas las víctimas de la violencia de género

 

 

partió al encuentro verdugo

a pesar de aquel runrún

murmurándole huye, 

la niña rota enamorada

apostaba al amor

como nido de gaviotas

jugaba a las casitas de papel

al aroma de pájaros sin jaula

mientras volaba su vida y sueños

pero su vientre gemía amor

su vientre gemía muerte

 

huye

despertamos

dolidas y alertas

mientras allí flotaba ella

fragmentada muñeca

en un diario de sangre

aterrada ante su duelo

ante el eco de la traición

era para él su presa

para ella su amor,

también era tarde para huir

él devoró a su criatura,

le arrancó a dentelladas su corazón

arrojando a las turbias aguas su vuelo

mientras su madre gemía: regresa

mientras su madre gime su despedida

 

cuerpo de mujer

una mortaja machista condena 

la resquebraja a ella,

y a todas,

sin poder huir

arrojada viva al fuego del odio

en un disparo de viento   

envenenados torturados

sus cabellos de todas nosotras

lloran el ahora vacío de sus anhelos

el verdugo eternizó su venganza

la corriente eterniza su tierna sonrisa

y el horizonte, nuestro duelo     

 

 

Ana María Fuster Lavín

Muro azul silencio, 2022

 


(poema escrito 1de mayo de 2021, cuando fue encontrado el cadáver de Keishla)

#25N

#25deNoviembre

#niunamas2021 

#NOMÁSFEMINICIDIOS 

#UnidasSomosMasfuertes

#diainternacionalcontralaviolenciadegenero




Cuando arden las niñas...


 #25N

#25deNoviembre

#niunamas2021 

#NOMÁSFEMINICIDIOS 

#UnidasSomosMasfuertes

jueves, noviembre 18, 2021

…And justice for all. Microrrelato

 …And justice for all

Te exigió el divorcio, harta de tus bohemias (reuniones con tus amigos para meterte cocaína y luego señalar aleatoriamente alguna mujer del local, te jactabas de que algunos de tus amigos no pasaban de primera clase, y a veces metías par de cuadrangulares en una noche). Te dejaba por vago. “¿Que ella me mantiene? ¡Nadie humilla a un Montenegro! Cuando nos casamos sabías quiénes eran mis padres, un prestigioso juez federal y una senadora, y los millones que heredé del abuelo. Eres nadie”. Te metiste una raya. Saliste dando un portazo. Días después recogiste varias de tus armas de tu encasillado del club de tiro. Te querellaate por el hurto de estas, paraste en la bodega y compraste su vino y quesos favoritos y un ramo de flores. La sorprendiste, aunque ella tenía listos los papeles para el divorcio, te arrodillaste al entregarle el ramo, descorchaste una botella y le serviste una copa. Relatabas sin parar anécdotas de cuando eran novios, hasta que ella se quedó dormida en la butaca. Sacaste el rifle y le pegaste un tiro en la cabeza y otro en el pecho. Testificaste cómo viste a un “negrito”, parecía dominicano, brincando el muro de la casa, que temiste por tu vida y te escondiste.

  Sabes que saldrás de la cárcel. Tu abogado hizo una transferencia millonaria a legisladores de la mayoría. Solicitarás reconsideración. Esta vez, tus influencias lograrán la imposibilidad de un jurado unánime, al fin de cuentas la justicia es para todos.

--Ana Maria Fuster Lavín 

La marejada de los muertos y otras pandemias (Ed. Sangrefría , 2020)



Cuestión de género

 Cuestión de género 2


 ¿No recuerdas tu primera muerte? Fue cuando decidiste huir, o ese día en que, ingenuamente, entraste al juego social. Tener un noviecito acomodado, votar por el mismo partido que tu familia, callar sobre política, religión y cualquier incomodidad social, para que te quieran o te acepten. Fue tu culpa. Te revelaste. Pretendiste creer que puedes protestar injusticias, estudiar lo que te diera la puta gana, exigir ganar lo mismo (o te valoren igual) que un hombre o un hijito(a) de conectados con el gobierno o grandes empresas, que son lo mismo. Moriste para muchos. Te atreviste a ser atea, o que podías enamorarte igualmente de un hombre o una mujer. Fue tu culpa. Todas esas veces fuiste muriendo para familiares, amistades, compañeros circunstanciales. Mandaste a todos a la mierda. ¿Ahora, recuerdas tu última muerte? Fue el día que decidiste nacerte.

Ana María Fuster Lavín

miércoles, noviembre 17, 2021

Insurrecciones domésticas

 


EL IMPERIO CONTRAATACA

La caída del imperio era inminente. Durante años atacó a los antiguos aliados y traicionó a la anterior emperadora, ahora presidenta del senado. Los intentos de derrocarlo habían sido infructuosos. Finalmente, su imperio se derrumbó desde su propia casa. Durante sus años, el antes juez imperial, maltrató a su esposa. Una vez acudió al hospital, pero lo llamaron, porque Elena presentaba, además de traumas faciales, múltiples microfracturas en distintas etapas de calcificación. Él habló con el galeno, convenciéndolo de que ella fue patinadora y eran lesiones antiguas. Le prohibió a su mujer regresar a cualquier tipo de asistencia médica. Además, llamó a Iva, supervisora de la fundación de mujeres maltratadas, donde Elena daba asistencia legal gratuita, para informarle que su esposa había decidido renunciar. A esta le estuvo sospechoso. Esperó a que la seguridad se despistara y entró sigilosa a la residencia oficial. Recorrió las recámaras guiada por los gritos del emperador y las súplicas de Elena. “De aquí no vuelves a salir sin mis guardias, loca”, mientras la abofeteaba. Iva entró, golpeó al emperador con una escultura, dejándolo aturdido. Ambas mujeres huyeron a tiempo. No contaba conque Iva era la hija de la antigua emperadora derrocada.

Ana María Fuster Lavín

La marejada de los muertos y otras pandemias

(Microrrelatos)

Ed Sangrefría 2020



martes, noviembre 16, 2021

Sin salida...


El acelerador

 

Apretar el acelerador. Su pie derecho roza sutilmente sobre el pedal. No responde ante sus divagaciones. Una hora antes Manuel se había despedido de su embarazada mujer. Ella, aún entre las sábanas, acariciaba la panza del gato, que no se le había separado en los últimos días. La dulce imagen le aprieta el pecho al hombre. Y eso que particularmente no le hacían gracia alguna los felinos; pero Gabo y Maite se adoraban. El gatito había aparecido frente a su casa muy hambriento una madrugada que él llegó borracho y desolado. Acababa de perder el sueldo del mes en el casino. Fue la misma madrugada que, tras un lustro, intentándolo se enteró de que se les dio. Estaba decidido a confesarle que posiblemente perdieran el hogar, pero ella dormía con la prueba de embarazo sobre su almohada. Marcaba dos rayitas. El hombre se balanceaba etílico intentando enfocar bien la vista, ¿por fin? Justo ahora… el gato brincó a la cama acurrucándose junto a ella de quien ya no se volvió a separar. Finalmente, Manuel mantuvo el balance y la abrazó como cuando se atrevió a invitarla al baile de graduación y Maite, la inalcanzable de la clase graduanda, le dijo que sí. Esa noche se besaron, se hicieron novios… Este era su único secreto, siempre le fue fiel, la apoyó en todo. Pasaron las semanas y no tuvo el coraje para contarle.

El muro al final del callejón sin salida. Enciende nuevamente el carro. La marcha en “parquin”. El pie derecho al ras del pedal del acelerador. No se decide. Le había prometido y durante estos nueve meses dejar el juego, pero recayó. Si pudo perder la casa hace nueve meses ahora era inminente, peor aún quizá la cárcel, la vergüenza pública para Maite y su familia, el bebé... Ella le recriminaría, pensaba, ya le había advertido que no se asociara con el alcalde. Manuel, recordaba cuando le respondió a Maite que sabía lo que hacía, que el dinero extra vendría bien con el cercano nacimiento del bebé. Ella le discutió preocupada porque sabía que ese alcalde no era fiable, un chanchullero… Manuel lo reconocía, pero resolvió su dilema en tono burlón: “mujer, eres pipiola comefuego ateísima, sin remedio; yo populete de estatus quo, como me bautizas, y el alcalde es el malo de la película estadista cristianísimo, por eso no te fías; solo falta que el Gabo sea del partido Victoria Felina ciudadana o como se llamen…” Recordó las carcajadas de Maite, mientras lloraba, como un niño, frente al volante. En esa ocasión la dejó a su mujer riendo mientras corregía exámenes, y se fue al baño a llamar al alcalde para aceptar su oferta, sin que ella lo escuchara. Manuel se convirtió en la mano derecha, izquierda y anónima. Al principio, para lograr un proyecto de construcción de un complejo de viviendas frente al mar, con dinero del narco y desahuciando a aquellas tres familias bajo engaño, de las cuales una mujer se suicidó luego de morir su marido en un accidente con la excavadora al comenzar la construcción; además, los materiales eran de mala calidad, para rematar después del huracán aquel terreno ya estaba demasiado cerca del mar. El frostin del pastel: los permisos estaban falsificados. Dos semanas antes de esta madrugada, del noveno mes, Manuel le suplicó al alcalde que quería salirse, que estaba recibiendo mensajes de un investigador de fiscalía, pero “ya estás hasta los huevos en esto, tú no sabes nada, si dices algo a quien sea tu mujer, tu hijo por venir y hasta el gato, se van a joder, tú y yo, chitón…” fue su respuesta. Aquel chanchullo con el alcalde había sido descubierto. El fiscal se reunió con Manuel hace dos noches y le había dado hoy para entregarse con todos los documentos o le arrestarían sin negociación alguna. Y también está el banco, está ella, el bebé por nacer, y la ama demasiado.  Apaga el carro. Se golpea fuertemente al frente contra el volante.

La pared al final del callejón. Ve unos gatitos que corren y desaparecen. ¿Atravesaron el muro? Uno se parece demasiado a Gabo. El hombre suda. Traga saliva. Mira una foto de Maite en el teléfono celular.  En ese momento el teléfono suena. Del susto se le cae bajo el asiento. El celular sigue sonando. Manuel siente demasiado miedo de contestar la llamada. Piensa “pero ¿y si es Maite? ¿estará ya de parto?” “Puñeta, puede ser del banco…”   Ya le habían advertido que si no abonaba algo le embargarían la propiedad. “¿O si es el fiscal?  ¿La policía?” El hombre ve por el retrovisor las luces de biombos policiacos, pero se dirigen en otra dirección. Vuelve a sonar el celular. Manuel se agarra fuerte al volante. No puede soltarlo. Como si tuviese pegamento en las manos. Las decisiones siempre fueron una pesadilla para él. Un largo laberinto que absorbía las razones. El corazón le va a estallar. Algo golpea contra el cristal. “¿Gabo? ¿Cómo puñeta? No puedo más, no puedo más…” Maite siempre quiso un gato, un hijo, ser maestra; en cambio Manuel, divagaba entre lo que los demás querían que hiciera y lo que él quizá quería hacer. “¿Cómo carajo llegué aquí?” Manuel piensa ya en demasiadas cosas como un torbellino dentro de sí mismo, hacia el final. Había estudiado administración de empresas y contabilidad, porque eso querían sus padres. Sin embargo, Manuel quería ser artista gráfico. Dejó de ilustrar sus sueños para manejar dinero ajeno, porque el suyo finalmente se lo había chupado la ludopatía.  Enfermedad que agravó su tendencia a ser peón de las decisiones ajenas. Su padre le había conseguido el trabajo de contable para el alcalde. Todos complacidos y Manuel está a punto de reventar. El celular vuelve a sonar… “Papito, con mi sueldo de maestra, podemos echar pal ante en lo que estudias un grado asociado en lo que quieras, sé feliz. Mi felicidad eres tú y el bebé necesita papis felices.” Le había dicho Maite días antes, observándolo obviamente desmejorado. Matilde era todo para él, estaba tan enamorado… “Y si es el banco, el alcalde, la policía, el fiscal. ¿Dónde, carajo, cayó el celular? Aquí, aquí. Llamadas perdidas de números distintos desconocidos, otro de él, y de Matilde…”

El acelerador. El sudor. El callejón mental. El teléfono suena nuevamente. La decisión.  Grita:

“¡Qué se joda!”

 

Ana María Fuster Lavín

Este cuento pertenece al libro inédito

Callejón de los gatos

(se publicará en 2022, Ed. Isla Negra)

Además el cuento El acelerador

se publicó por primera vez en la revista literaria venezolana Letralia

El acelerador, por Ana María Fuster Lavín (letralia.com)



 

lunes, noviembre 15, 2021

temblamos....


 

Habitarse

 

temblamos

y no es la tierra

sino nuestros cuerpos

al habitarnos de nosotras

luego de recoger caracolas

en el eco de nuestra espuma

cuando reímos sin hablarnos

mientras un guiño color brisa

espanta los fantasmas del pasado

 

solas tú y yo

eres mis voces y refugio

frente al craqueado espejo

de mi cuerpo ya arrugado de pliegues

y mi corazón sobre una bandeja

recordándote adolescente, yo

recordándome sin edad, tú

vestidas de rutas y canciones

navegamos diarios en blanco

llenándose de huracanes y amaneceres

fuiste tantas y tantos tú

hasta terminar

el poemario final

habitada de mí

y tiemblo

 

Ana María Fuster Lavín

Muro azul silencio

2022

domingo, noviembre 14, 2021

Microrrelato Ana María Fuster Lavín

 El grito 



Cansada de que le preguntaran si era mujer, o bucha, tal vez trans, hombre, gay, o cualquier otro calificativo. Decidió no volver a hablar. Amordazada a causa de silencios apretó el acelerador. Ni izquierda ni derecha, sino de frente hacia el mar. Su carro atravesó el muro de piedra. Cayó en picada, hasta ya no callar más. Se acercaron curiosos cuchicheando razones necias, como suele suceder. Ya en el fondo, abrió la puerta del carro, nadó hacia la superficie y gritó con claridad su nombre. Todos enmudecieron.

Ana María Fuster Lavín
[Cuestión de género]
Carnaval de sangre 2
(Ed. EDP, 2019)

lunes, noviembre 08, 2021

[Cuestión de género] Premio Nacional del PEN Internacional de Puerto Rico 2020, categoría microcuento



Literatura Puertorriqueña: Premiación Certamen Literario

 Pen Internacional de Puerto Rico 2020

Emocionada!
[Cuestión de género]
Carnaval de sangre 2

Premio Nacional del Pen Club Internacional de Puerto Rico en la categoría de microcuento 🇵🇷 Gracias a Pabsi Livmar (por tu bello prólogo), Ricardo Rodriguez Santos , Mariana Nogales Molinelli José H. Cáez-Romero Luis Rodríguez Martínez Emilio del Carril Rosario G. Ferdinand Miguel Iker (y María De Lourdes Javier) junto a Edgardo Machuca por ayudarme y apoyarme cuando presenté el libro en noviembre 2019!
Pd. La presentación de este libro se la dediqué a mi querida y admirada Tina Casanova