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miércoles, febrero 14, 2018

Sandra M. Casanova-Vizcaíno: trabajo crítico sobre La dignidad de los muertos del libro (In)somnio en revista del icp


“Entre caníbales”: consumidores y consumidos en
 “La dignidad de los muertos” de Ana María Fuster Lavín
por Sandra M. Casanova-Vizcaíno
Revista del ICP
Tercera Serie, Número VII ICP
Noviembre 2017
págs. 196-205
 
Resumen
En este artículo se analiza el cuento “La dignidad de los muertos” de Ana María Fuster Lavín, incluido en su libro (In)somnio de 2012. Por un lado, el cuento actualiza los conceptos del caníbal y canibalismo en Latinoamérica cuando, irónicamente, propone al caníbal boricua como un sujeto de cambio social que, en su canibalismo, denuncia un estado en crisis. Por otro lado, en la trama se observa cómo el canibalismo figurado termina por deglutir a las clases marginalizadas y excluidas del imaginario nacional. Finalmente, el cuento mismo supone una suerte de canibalismo literario al dialogar con otros textos del canon nacional, y al destruir el mito de la gran familia puertorriqueña y, en su lugar, proponer una familia y sociedad rotas y desmembradas.
 
Introducción
De las criaturas que pueblan la ficción gótica, el vampiro, el zombi, el fantasma, o el caníbal, éste último es, quizás, el más siniestro: salvo su preferencia por consumir carne humana, nada en el caníbal revela su pertenencia al mundo de lo macabro. A pesar de que, como el vampiro y el zombi, el caníbal es un consumidor de cuerpos humanos (o partes de éstos, como la sangre), no obstante, éste tipo de personaje gótico no oscila entre el mundo de los vivos y el de los muertos; no es inmortal como el vampiro, ni un muerto viviente como el zombi. Pero, si al vampiro y al zombi los distingue su particular aspecto al igual que su comportamiento grotesco o perverso, para el caníbal, es exclusivamente su conducta –generalmente secreta– y no su físico, lo que termina clasificándolo – junto con los otros monstruos góticos– en la categoría de posthumano1. En palabras de Paul Sheehan:
 
 “To practice cannibalism is to shear the human from itself, to cross a line to the no-longer human; the body performing this transgression is thus posthuman by default” (257). El caníbal también es la transgresión hecha cuerpo humano: lo que nos une a las personas –el alimento y la necesidad de alimentarnos– es precisamente lo que distingue al caníbal. Es, por lo tanto, una marca de exclusividad: “Cannibalism creates ambiguity because it both reduces the body to mere meat and elevates it to a highly desirable, symbolic entity”
(Brown 4).
 
De ese modo, en principio, quien come un cuerpo humano también comete un acto de expulsión (al matar y eliminar los cuerpos) y de exclusividad (al incurrir en un placer prohibido que pocos comparten). Sin embargo, al pensar en el caníbal en el contexto caribeño y latinoamericano, es importante considerar también su relación con la historia colonial de la región y con un pensamiento postcolonial posterior que resignifica su imagen. Como indica Carlos A. Jáuregui:
 
“El canibalismo ha sido un tropo fundamental en la definición de la identidad cultural latinoamericana desde las primeras visiones europeas del Nuevo Mundo como monstruoso y salvaje, hasta las narrativas y producción cultural de los siglos XX y XXI en las que el caníbal se ha re-definido de diversas maneras en relación con la construcción de identidades (pos)coloniales y “posmodernas”. “(15, cursiva del autor)
 
Es, entonces, a partir de todas estas nociones del caníbal (como personaje gótico y posthumano, y en su relación con una historia local marcada por la desigualdad y la exclusión) que me interesa hacer una lectura del cuento “La dignidad de los muertos” de Ana María Fuster Lavín, incluido en el libro (In)somnio (2012), el cual, según la crítica, la “consagra como una escritora del gótico caribeño” (Torres, Web.). En el relato, primeramente, vemos cómo el canibalismo (el literal y el metafórico) logra transgredir los conceptos de “consumidor” y “consumido”. Así, la exclusividad del acto y la expulsión del cuerpo humano son posibles tanto en la ingestión literal del otro, como en el dominio del sujeto social por medio de un estado corrupto y/o ausente. Además, de acuerdo a lo que sostiene Jáuregui, “el canibalismo siempre nombra, o se refiere a, otras cosas” (16-17, cursiva del autor). Dentro de las posibilidades para esas “otras cosas” están, por ejemplo, “el indio insumiso”, “una marca cartográfica del Nuevo Mundo”, “un monstruo rebelde que maldice a su amo”, “los esclavos insurrectos”, entre otros.
 
Con “La dignidad de los muertos”, Fuster Lavín actualiza esa taxonomía del caníbal y lo propone, entonces, como el barómetro de una sociedad descompuesta. Es decir, el cuento de Fuster Lavín nos permite irónicamente pensar al caníbal como un sujeto marginado que, en la ingestión de los otros cuerpos de alguna forma denuncia el dilema socioeconómico del Puerto Rico contemporáneo. Finalmente, a nivel de la historia literaria nacional, el canibalismo –como tropo gótico– es la expresión de otro consumo: el de una literatura que intenta destruir los mitos fundacionales paternalistas. En lugar de una gran familia puertorriqueña –mito unificador que define a la sociedad de la isla como patriarcal, mayormente blanca, hispanófila y jíbara (Lloréns)– el caníbal en “La dignidad de los muertos” supone, en cambio, una sociedad rota y monstruosa.
 
“Entre caníbales”
 
“La dignidad de los muertos” narra la historia de Francisco Celedonio Santos, alias Pancho Quenepo, viejo pescador de Piñones, Loíza, PR. A sus setenta y ocho años, cincuenta de los cuales los dedicó a la pesca, Pancho rema por el río Grande de Loíza hasta adentrarse en el mangle donde “ya no perseguía peces ni cangrejos… tampoco jueyes… En sulugar, pesca cadáveres abandonados, que después vende a sus dolientes seres queridos” (Fuster Lavín 64-65). En cinco años, Pancho ya había recuperado cien cuerpos: ahogados, asesinados o suicidas a los que el “barquero de la muerte”, como se le conocía entre los habitantes de la región, les ofrece dignidad (66). Pancho Quenepo es, así, el Caronte boricua que lleva a los muertos por el camino inverso al del mito griego: en lugar de cruzarlos por el río Aqueronte hasta llegar al Hades, Quenepo recupera a los muertos del infierno de las aguas donde yacen y se pudren y los regresa a la tierra de donde partieron a reencontrarse con sus familiares para que puedan ser enterrados.
 
Como en el film cubano de horror satírico, Juan de los muertos (Alejandro Brugués, 2011), Quenepo encuentra en los muertos un sustento económico y la satisfacción personal de ayudar al prójimo necesitado.2 También, como en la película de Brugués, el cuento de Fuster Lavín nos muestra un lado poco visto del Caribe. El paraíso tropical que se supone es Puerto Rico no aparece en el cuento porque Loíza –lejos de ser el espacio turístico del Viejo San Juan, cuyas ruinas son más nostálgicas que siniestras– es el lugar de la pobreza y la marginalidad.
 
En “La dignidad de los muertos”, Loíza es el límite de un estado ya deficiente. En sus aguas, de río y no de mar,3 el paraíso se cubre de cadáveres y monstruos. Si el mar es el límite en la geografía isleña y su cruce implica la partida de la patria, los otros cuerpos de agua en la ficción puertorriqueña –la charca, el río, el caño– son apenas un desplazamiento mínimo que, como quiera, implican la muerte, es decir, la partida definitiva. Silvina en Lacharca de Manuel Zeno Gandía, Melodía en “En el fondo del caño hay un negrito” de René Marqués, el hijo de Trinidad en “¡Jum!” de Luis Rafael Sánchez y todos los cadáveres en “La dignidad de los muertos”, terminan en las aguas, a veces estancadas, de un país afectado por una crisis económica, política y social. Y es esa misma crisis –y la carencia de salidas laborales como una de sus manifestaciones más graves– la que, hasta cierto punto, lleva a Pancho Quenepo a crear una nueva forma de economía alternativa, la del “juntacadáveres”, cuya contribución no es necesariamente al desarrollo de la economía local, sino la posibilidad de algunos de obtener tranquilidad espiritual.
 
De ese modo, la recuperación de los cuerpos en el cuento de Fuster Lavín es un servicio público que todo el barrio de Villa Cañona aprecia ya que Pancho Quenepo “hace cosas que nadie más haría por [ellos] y con orgullo” (Fuster Lavín 66). Sin embargo, en cierta ocasión el pescador es arrestado como sospechoso del brutal asesinato de Lisamar Valderrama, nieta de un prominente banquero e hija de quien se convertiría en el gobernador de la isla, también banquero de profesión. Luego de la aparición del cuerpo –brutalmente mutilado y sodomizado–, Quenepo “fue declarado culpable por el asesinato, mutilación, canibalismo y violación de la menor hija del banquero, entre otros delitos como profanación de cadáveres y lucro por actividades ilícitas” (67). Nadie en Loíza, sin embargo, creyó en su culpabilidad, lo cual llevó a que muchos en la isla –incluidos políticos, estudiantes, escritores y líderes sindicales– se unieran al reclamo de liberación del pescador. La familia Valderrama, no obstante, organizó un boicot “contra la industria de los chinchorros de Loíza” (Fuster Lavín 68).
 
Es decir, ante un hecho criminal, se genera una respuesta clasista que atenta contra la supervivencia de aquellos vinculados con “lo popular”. Con el tiempo, la presión de la población culminó en el eventual indulto de Pancho, que como Jesús, pasa de ser pescador a héroe.Pancho representa para la población de Loíza, y de la isla en general, una búsqueda de justicia e igualdad para todos. Como parte de su lucha, el pescador se concentró en su demanda para adquirir mejor vivienda y calidad de vida, petición que extendió al gobernador Valderrama varias veces en una serie de cartas que fueron ignoradas por completo. Su vida transcurrió de ese modo, entre cartas y pesca, hasta que un día todos se percatan de la desaparición de Pancho Quenepo. Su posterior aparición le da a la narración un giro inesperado:nel cuerpo sin vida del pescador aparece junto al cuerpo de un adolescente en las mismas condiciones que el de Lisamar: “mutilado en alguna de sus extremidades y órganos. También le faltaba la lengua” (Fuster Lavín72). El duelo nacional, declarado por la figura paternal del gobernador Valderrama, padre de Lisamar, pero también el padre simbólico de todos los puertorriqueños, en cierta forma, limpia definitivamente la imagen de Pancho Quenepo y apunta a una supuesta unidad social, sin barreras ni distinciones de clase, una gran familia puertorriqueña que, sin embargo, se materializa en una esfera no terrenal. De acuerdo al propio Valderrama, el mismo que había sistemáticamente ignorado las cartas del pescador: “Ahora, Francisco Celedonio Santos, nuestro Pancho Quenepo, cuidará de mi amada Lisamar en lo que llega mi turno de ir a morar con el señor nuestro Dios” (73).
Sin embargo, el resultado de la autopsia de Quenepo (asfixiado con un pedazo de lengua del joven muerto) y una última carta encontrada por el gobernador luego de la muerte y entierro del pescador, rompe tajantemente esa unidad y devuelve a la población de la isla la sombra del horror caníbal, esta vez de manos del menos esperado:
 
“Honorable Gobernador Valderrama. Le vuelvo a escribir, esta vez con la certeza de que no me ayudará a adquirir un hogar decente. ¿De qué le sirve ese poder comprado? Ese que usó para mandarme a la cárcel. Espero que en estos momentos su conciencia esté tranquila. Tanto como lo estuvo la mía luego de matar a su hija. Su piel era más suave que la pulpa del carrucho. Su hija era hermosa, tanto que me comí su pulpa y su lengua. Qué delicia. ¿Ahora quién es el poderoso?” (Fuster Lavín 73)
 
De ser la víctima de desigualdad social, Pancho Quenepo pasa a ser el villano gótico que devora, en este caso literalmente, a la mujer. Sin embargo, una relectura del cuento nos confirma que no se trata de un cambio abrupto, sino que ya desde las primeras líneas se anticipaba la práctica caníbal del hombre. En una conversación con un vecino del barrio, Pancho le comenta que se siente solo y que por momentos siente “hambre de tener a alguien”. La contestación del joven es una prolepsis macabra: “Don Pancho, ni que fuera caníbal” (Fuster Lavín 64). Igualmente, Pancho Quenepo, como suele suceder en la ficción sobre caníbales, no sólo practica el canibalismo, sino que también es un asesino serial y las dos muertes registradas en la trama así lo confirman. El personaje es, entonces, doblemente macabro.
 
Con todo, las acciones de Pancho producen resultados opuestos: por un lado, “la pesca” poco convencional supone la visibilización de los cuerpos recuperados. Para Pancho era necesario remediar, de alguna forma, la ausencia de estado inclusivo en la vida de los pobres: “hasta la muerte discrimina con los más humildes. Los que nadie reclama. Los que nadie, siquiera el gobierno, daría un centavo o una lágrima por ellos. Esos que son simplemente “nadies” (Fuster Lavín 70, cursiva de la autora). Es decir, el cuerpo rescatado del pobre deja de ser un escombro o desecho más y pasa a recuperar su lugar en la sociedad (sino en toda, al menos sí en su familia y comunidad). Por otro lado, está la invisibilización de los cuerpos canibalizados.
 
En la violación, mutilación y deglución de los cuerpos, Pancho borra la subjetividad (y el cuerpo) de las víctimas y las convierte en parte de la estadística nacional de crímenes. Así, mientras que los pobres recuperan un nombre (y un lugar), Lisamar –perteneciente a una clase privilegiada– se vuelve número. Mientras que los cadáveres de los pobres recuperan la dignidad en la muerte, Lisamar, en cambio, pierde con la muerte la dignidad –presentada
como un lujo– que ostentaba en vida.
 
Sin embargo, si uno es lo que come, como suele decirse popularmente, en la ingestión del cuerpo de Lisamar, Pancho Quenepo logra una suerte de perversa (aunque limitadísima) forma de ascenso social. El canibalismo -entendido éste como el epítome de la transgresión (Brown 4)- en “La dignidad de los muertos” transgrede la aparentemente infranqueable frontera de las clases sociales al comer a Lisamar, la mujer que pertenece a un sector exclusivo de la sociedad. Igualmente, Quenepo, como caníbal, no sólo altera las fronteras sociales, culturales, económicas e, incluso, gastronómicas, sino que también transgrede la percepción misma del caníbal: como un agente de cambio social y no como un mero monstruo destructor del ser humano. El caníbal, explica Jennifer Brown, es un recordatorio de nuestro afán de consumo desmedido y, además, “reminds us of our own potential inhumanity” (7). Pero la incuestionable crueldad e inhumanidad de Pancho supone también, aun cuando de modo siniestro y momentáneo, posicionar una clase no privilegiada y olvidada en el centro del discurso. Es decir, Quenepo no deja de ser un monstruo-caníbal, pero sí deja de ser un nadie. Pancho Quenepo, así, es más un Calibán caribeño que un caníbal colonizador. Su presencia, así, se une a una tradición de pensamiento caribeño en el cual el personaje de Calibán es menos un caníbal monstruoso que, entre otras cosas, un “proletario hambriento dispuesto a reclamar su comida” (Jáuregui 41).
 
En el cuento de Fuster Lavín, el caníbal “nombra” (Jáuregui) una lucha de clases, representadas éstas en los personajes de Pancho y del gobernador Valderrama. Pero tampoco se puede perder de vista que el repositorio de esa lucha es el cuerpo de Lisamar, la mujer sin voz –y la deglución de su lengua lo confirma– que se transforma en la víctima del villano. En el relato de Fuster Lavín, por lo tanto, resulta problemático el concepto de género desde el momento en que la víctima principal (sin contar el adolescente que fue encontrado al final y cuya canibalización le cobró la vida a Quenepo) es Lisamar, cuyo nombre ya de cierta forma signaba su destino (la muerte en el agua).
 
El relato, así, reproduce la dinámica del gótico clásico (de Ann Radcliffe o Matthew
Lewis) en el cual la mujer queda siempre sujeta al poder del hombre controlador, sólo que en este caso, el control de Quenepo se limita a la violencia sobre el cuerpo de lamujer y, ya que se trata de un desclasado, su capacidad de alterar la estructura social de modo permanente es, en realidad, nula. Es decir, la transgresión que logra Pancho Quenepo es de alcance limitado y de muy corta duración. El verdadero cambio social, nos parece decir el relato, es imposible dentro de una estructura estatal que privilegia la desigualdad.
“La dignidad de los muertos”, por lo tanto, nos coloca a los lectores en un lugar incómodo porque en él se enfrentan dos grupos históricamente marginados y silenciados: la mujer y el pobre. El poder del sujeto se define, entonces, en la posesión. Lisamar Valderrama es la heredera pasiva -y no la productora- de la riqueza de su padre. Éste, por su parte, es otro tipo de caníbal: un consumidor de bienes propios de su exclusiva clase social y de su habitus y, además, un devorador del otro, entendido éste como un objeto “desechable” de la sociedad “ubicad[o] más allá de la mirada, en los confines o ‘tugurios’ de la representación y el reconocimiento social” (Jáuregui 594). Valderrama, además, tiene el poder y la influencia necesarios para organizar un boicot al consumo de productos de los vendedores de Piñones y, de ese modo, aislar aún más una zona en estado precario. En cambio, para Pancho Quenepo, se trata de la posesión del cuerpo, literalmente. Quenepo consume el cuerpo de Lisamar, lo convierte en un objeto y en alimento que, luego de estar preso en el interior del cuerpo masculino, será finalmente expulsado como desecho biológico. El cuento, por lo tanto, le adjudica el canibalismo literal –el más grotesco y monstruoso, aunque también el más literario– al pobre, mientras que el canibalismo figurado –y también el más próximo a la menos sangrientos.
Finalmente, si el poema de Burgos ya representaba a principios del siglo XX una respuesta al canon literario promovido por la Generación del 30, el cual privilegiaba a la escritura masculina, a las formas discursivas totalizantes como la novela y el ensayo y al mito de la gran familia puertorriqueña (Gelpí 1-6), el cuento de Fuster Lavín extrema, en el siglo XXI, esta respuesta al canon y sus lecturas a partir de dos procedimientos: por un lado, recurrir a un modo literario –el gótico– considerado marginal y popular hasta ahora dentro de la narrativa latinoamericana y caribeña; por otro, extremar las imágenes grotescas que de cierta forma ya presentaba Burgos en “Río Grande de Loíza” y que,  en el cuento, proponen una familia y una sociedad quebradas, acaso desmembradas. De esa manera, los excluidos de la sociedad, ya sean esclavos, mestizos o pobres, vuelven al río, a la literatura y al imaginario nacional puertorriqueño en forma de monstruos, consumidores y consumidos.
 
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1 Si bien para Sara Wasson y Emily Alder, “the term ‘posthuman’ emerged to describe a humanity taken
beyond its original form and subjectivity by the technologies of the post-industrial West” (12), sigo aquí
la aclaración propuesta por Paul Sheehan: “Covertly analogous to the techno-body is the monstrous or grotesque body, a figure associated with mutations, plagues, viruses, and other infectious bio-forms, made legible through somatic disfigurations … In these instances, the posthuman is the other than human, where otherness is defined by the principle of transformation” (245-46, cursiva del autor). Dentro de esta categoría, Sheehan incluye al cuerpo clonado, el caníbal, el cuerpo cibernético y el zombi.
 
2 En ese sentido, difiere de la película de Brugués que presenta a un Juan, cazador de zombis, de
forma satírica como un pícaro que busca exclusivamente el beneficio personal para su supervivencia
en la Cuba post período especial, aun cuando esta imagen cambie en el desenlace de la película. En
cambio, el inicio del cuento de Fuster Lavín, es mucho más solemne y nos muestra a un personaje genuinamente interesado en el bienestar común. De ese modo, el horror gótico en el relato de Fuster Lavín impacta más en el lector que el horror grotesco de Juan de los muertos, que es más esperado y hasta deseado para incrementar el efecto cómico.
 
3 Me refiero a la escena en la película de Brugués en la cual el fondo del mar aparece cubierto de zombis. La imagen es posiblemente una alusión a la travesía que hacen los balseros cubanos para llegar a las costas de Estados Unidos.

Sandra M. Casanova-Vizcaíno
Revista del ICP
Tercera Serie, Número VII ICP
Noviembre 2017
págs. 196-205
 

Bibliografía
Brown, Jennifer. Cannibalism in Literature and Film. New York: Palgrave Macmillan, 2013.
Fuster Lavín, Ana María. (In)somnio. San Juan, PR: Isla Negra, 2012.
Gelpí, Juan. Literatura y paternalismo en Puerto Rico. San Juan, PR:Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1993.
Jáuregui, Carlos A. Canibalia: Canibalismo, calibanismo, antropofagia cultural y consumo en América Latina. Madrid: Iberoamericana-Vervuert, 2008.
Lloréns, Hilda. Imagining the Great Puerto Rican Family: Framing Nation, Race, and Gender during the American Century. Londres: Lexington Books, 2014.
Pérez Rosario, Vanessa. Becoming Julia de Burgos: The Making of a Puerto Rican Idol. Illinois: University of Illinois Press, 2014.
Sheehan, Paul. “Posthuman Bodies”. The Cambridge Companion to the Body in Literature. Edited by David Hillman and Ulrika Maude. Cambridge University Press, 2015: 245-260.
Torres, Daniel. “(In)somnio de Ana María Fuster Lavín”. Silencios de Papel, 2 defebrero 2013, Web.
 
Wasson, Sara y Emily Alder. “Introduction”.
 
 
 
Nota Editorial
 
El número 7 de la Revista del ICP, denominado Rostros y rastros nos permite mirar de
frente y sin simulacros figuras literarias, textos, personajes, y estereotipos de nuestra
historia desde otros lentes y posturas para descubrir una huella, quizás antes ignorada.
En este número le volteamos el rostro a autores como Abniel Marat: “uno de los
dramaturgos y poetas más importantes de nuestro país de las últimas décadas del
siglo XX y principio del XXI”, dedicándole el dossier que abre la Revista. Al revertir
lo dorsal de este expediente, puntualizamos la urgencia de acercarnos al maravilloso
y desafiante UNI verso Marat para: “que estos escritos sirvan como estímulo a otros
investigadores para ampliar el estudio sobre este autor y ahondar en la pertinencia,
pluralidad y relevancia de su obra”.1
Los artículos e investigaciones que conforman el cuerpo de esta publicación han sido
divididos en temas de historia, crítica contemporánea y literatura. Cada escrito señala
otros rastros para revisitar acontecimientos políticos y comportamientos históricos desde
diversidad de figuras como la mujer en su rol político, las familias emblemáticas, los
piratas y gobernantes. Estos últimos, desarticulados desde la aproximación poética de
uno de los textos.
En este número, los archivos históricos y las redes virtuales son parte de los escenarios
de investigación donde se van conformando o imaginando rostros que completen
nuestro quehacer cultural e histórico. Solo la “neoproximación” y la hibridez de
las miradas de los colaboradores de esta ocasión nos permiten reunir a escritores y
escritoras como Manuel Zeno Gandía, Rosario Ferré, Manuel Ramos Otero, Hiram
Lozada, Alejandra Pagán, [Ana] María Fuster Lavín, sin dejar de apreciar las nuevas y
agudas letras de Gaby Carle.
Dra. Doris E. Lugo Ramírez,
Editora y Coordinadora de Publicaciones seriadas, ICP
 
1 Palabras de Carmen Zeta, Coordinadora de “Universo Marat” coloquio auspiciado por el Instituto
de Cultura Puertorriqueña y celebrado el 28 de mayo de 2016, en la Librería del ICP.
 




“Sandra M. Casanova-Vizcaíno

 Es profesora asistente de español en el Departamento de Lenguas Romances y Literatura de la Binghamton University-State University of New York. Sandra ha publicado varioensayos sobre literatura y cultura del Caribe hispánico en Estados Unidos, España y Latinoamérica. Al momento, se encuentra finalizando un manuscrito de libro titulado El gótico transmigrado: horror y misterio en la narrativa puertorriqueña del siglo XXI. Además, está c[oe]ditando el volumen Latin American Gothic que será publicado por Routledge en el 2017.”
 
 

viernes, diciembre 29, 2017

despertar del insomnio... ana maría fuster


El diario de Ana

o despertar del insomnio

Entre las sombras el humo y la danza

entre las sombras lo negro y yo.

Alejandra Pizarnik



Dicen que me suicidé. Nunca pensé que podía morir de mí misma. En realidad desperté de un largo insomnio. Me liberé de la sangre ajena y sus memorias, del infierno y la locura que me habitaban. Fueron cinco años confinada en mi mundo interior y en el de mis compañeros. Pese a lo que la mayoría piense, la terapia de grupo me angustia. Detestaba salir con ellos. Era como pasear sin destino junto a sus sombras.

–Mi mamá encontró las pastillas para mantenerme despierta. Las echó por el inodoro y me sermoneó un mes. Tuve que recurrir a pellizcarme o darme pequeños cortes con una cuchilla. El día que vio las cicatrices en mis muslos y brazos decidió internarme aquí. Le dije que era para sentir algo, para no dormir. El doctor dijo que, entre otras condiciones, sufro de narcolepsia.

--Soledad, así estamos todos. Lo resuelven todo con sus términos científicos. Mi padre me golpeó un día que me vio llorando y le confesé que amaba al papá de mi mejor amigo. Me dio tan y tan fuerte, me gritaba pato y enfermo. Esa noche me corté las venas.

–Hoy no quiero hablar. Los escuchaba a todos, pero a la mayoría no podía verlos. Luego regresábamos a nuestras habitaciones. Sí, podía ver a Soledad, mi compañera de cuarto, que casi siempre me provocaba claustrofobia. Aparentemente sufría de algún trastorno disociativo. Los medicamentos también la habían convertido en espectro durmiente. Éramos sombras fragmentadas, todos estábamos trastornados. En fin, somos penumbras. Y yo era una en busca de la libertad.

Muchas madrugadas, mientras Soledad dormía, me escapaba un rato del siquiátrico. Me robaba por unas horas la bicicleta de la amante del guardia de seguridad. Sabía que ellos bebían y hacían el amor de 2 a 5 de la madrugada. Tenía un buen rato para mí. En esas horas antes del amanecer, las calles son un festival silencioso. Los amantes buscan rincones para degustar sus hormonas. Los adictos, igualmente, buscan sus placeres más oscuros. Todos se esconden en sus secretos a mi paso. Carros furtivos, jóvenes regresando de sus bohemias etílicas.

Caminaba varias cuadras. Observaba. No pensaba. No sentía. Solo fluir. Así olvidaba. Podía olvidar hasta lo hecho durante mi trayecto. Mi mente viajaba. Luego entraba en una cafetería dominicana abierta las veinticuatro horas. Pedía unas tostadas y un café cargado (en el hospital solo nos lo dan en el desayuno). Me sentaba a escribir unos minutos, no más de media hora. El insomnio es mal compañero, pero provee la intimidad necesaria para escribir. La palabra medica mis decisiones. Por eso, cargaba siempre con mi diario de meditaciones. Tenía dos diarios, éste y uno en el que escribía sobre mi vida pasada, para no olvidar. Así espantaba mis fantasías, delirios, pesadillas que podían tornarse tan reales.

Luego regresaba pedaleando rápido. Dejaba la bicicleta. Entraba silenciosa al pabellón. En ocasiones, escuchaba ruidos en habitaciones. Unos ríen, otros lloran, insultan, hacen el amor. Eso, si no se tomaban sus medicamentos para olvidar. Llegaba a mi habitación de puntitas, para que Soledad no despertara.

–Soledad es hora del desayuno, –dijo la enfermera asomándose por la puerta.

No se dirigió a mí, en estos días ella no me hablaba. Así es ella, podía ser cariñosa como odiosa, abacorar unas veces, otras ignorar.

–Voy, ahora, contestó Soledad, con la voz todavía anestesiada por los medicamentos.

Ana, hoy no tengo ganas de ti. No me sigas. No la seguí. Ese fue el día de mi muerte. No encontré mi diario íntimo, en el que escribía de mi vida pasada. Soledad ya se había ido a desayunar. No salí de la habitación. Aproveché para rebuscar entre sus cosas. Sabía que algo no estaba bien y que ella estaba detrás de eso.

Descubrí que Soledad había estado practicando mi letra. Ese trazo redondo, mi forma en que la m y la w lucen casi iguales. Mi s cerradita. El casi imperceptible rabito de la a. Era tan increíble el parecido. Si no fuese porque estaba en tinta violeta, casi hubiese pensado que era escrito por mí. Nunca escribo en color violeta. Ese color me provoca pesadillas y ataques de ansiedad. Tengo que escribir. Cada palabra responde a una realidad. Como si la ciencia de cada sonido, letra, le correspondiera al objeto nombrado.

Seguí buscando hasta que encontré en una mochila bajo su cama. Allí había escondido cosas mías: unos pantis de encajes, un sostén rojo, el vestido de flores, aquel libro de las Obras completas de Girondo. Además, había un diario casi igual al mío pero cargado de historias de otras mujeres y situaciones terribles. Ese no me pertenecía, definitivamente no podía ser mío. Lo comencé a hojear. Hablaba de cuánto me odiaba. “Ana es un monstruo.” Me acusaba de pirómana, de asesina, de depravada, de aterrorizarla. Decía que odiaba en mí, esa parte de ella que le provocaba insomnio.

¿Insomnio? Soledad siempre duerme bien, pensé. ¿Por qué ella inventaba cosas tan terribles de mí? Pretendía acusarme de sus pesadillas. ¿Cómo confrontarla? Sentí un miedo que me helaba.

Las últimas semanas Soledad estaba tratando de convertirse en mí. Al principio creí que solo trataba de ser mi amiga. Cuando llegué al sanatorio, ella me ignoraba. Me trataba como si no me viera. Me rechazaba. Se apartaba de mi lado. Poco a poco fui siendo más evidente en su vida. Con el tiempo nos fuimos tolerando. Hasta terminamos llevándonos muy bien. Cosas de chicas, como ayudarnos a desenredar los cabellos. Alguna vez hasta nos duchamos juntas y compartimos cama la noche del huracán Irene.

Soledad era cada vez más cariñosa conmigo, tanto que llegué a pensar que se estaba enamorando de mí, hasta su voz y la mía comenzaban a fundirse. Lo del diario me provocó un revoltijo de emociones entre coraje e impotencia. Sentí ansiedad. Sentí desvanecerme en la habitación. Pasó una enfermera, abrió la puerta. No me vio.

–Señorita, aquí estoy. Necesito ayuda. ¿Está sorda?–, fue inútil, me ignoró totalmente.

Creí desmayar. Mi compañera había transgredido mi intimidad, mis secretos, todo lo que soy. Tanto, que los demás solo la veían a ella. Tenía que controlarme, hacer una cosa a la vez. Mi diario no aparecía, como si escribir todos mis dolores me liberara de ellos. Solo estaba el que ella intentaba reemplazar por el mío. Ajá, escribió en la portada Insomnio sin los paréntesis. Mi diario tenía escrito (In)Somnio. Volví a sentir náuseas. Debía darle una lección.

¿Te sientes mejor?, me dijo Soledad al regresar en la tarde. Les dije a todos que estabas indispuesta. Me acariciaba los cabellos. No podía moverme de la cama. Te ves linda con mi ropa, dijo. Ese vestido es mío, le contesté por lo bajo, también todo lo que hay en la mochila bajo la cama. ¡Qué pendeja fui! Ya me había dicho mi madre “nunca le digas al ángel de la muerte que conoces su secreto, porque ese día te llevará a su reino”. Soledad me escuchaba con esa expresión de que yo era quien le daba lástima. Hasta que le dije: no seas cabrona, tú sabes lo que me estás haciendo. El diario, tus palabras no son las mías. Tus escritos no pueden transformar mi pasado, mucho menos los adjetivos ni los verbos. Mi caligrafía tampoco te servirá para adueñarte de mi cuerpo. Me odias, te odio.

–Ana, te crees tan segura, no eres más que una golfa. Sé lo que eres y lo que pretendes. No te lo permitiré.

Su mirada se transformó, endiablada. Dio un salto de tigresa sobre mí. Me agarró por los cabellos con tanta fuerza que temí que me arrancara el cuero cabelludo. Se acostó sobre mí y dijo mírame, mírate, tú no eres nadie, eres una marioneta de mi propio insomnio. No existes. Eres producto de mi mente, de mis diarios, y tengo que matarte.

Su mano en mi cuello quemaba. Ese fuego movía con violencia todos mis recuerdos, dolores, (des)amores y grietas del alma. Quise escupirla, llorarla y llorarme. Traté de soltarme bajo su cuerpo. Necesitaba pedir auxilio, pero la confusión paralizaba mis palabras. Además, Soledad me agarraba cada vez más fuerte por el cuello. Saqué fuerzas y le grité: “¡Yo existo, soy Ana, la escritora de los diarios, tu compañera de habitación!”

En la adolescencia pensaba que se podía morir de amor, de tristeza o hasta de odio. Como cuando mi madre se acostó con mi novio en el carro, y los vi a través de la ventanita. Hui. Traté de matarme, pero me trajeron aquí. Escribir me salvaba, escribir las historias mías, las de todos los que me rodean, la de Soledad. Me odiaba más que a su abuelo que abusó de ella. Demasiadas muertes escritas en mis manos. Ahora no me quedan palabras ni tiempo.

–Suéltame, Soledad.

–Tú no existes. Morirás con tus palabras, diarios y tu maldito insomnio.

Casi podía ver de lejos como Soledad agredía a Ana, a mí. Nunca pensé que podía morir de mí misma, morir de palabras, así como muere el tiempo. Ahora tenía la certeza de la Muerte. Esta adquiere la forma de la palabra que la denomina. Cierro los ojos. Pienso en la palabra muerte. No se me ocurre otra cosa que morir. Necesitaba escribirlo. Soledad no me dejaba hablar, y me llamaba por distintos nombres: el suyo, el mío, Elena y no sé quién más. No me permitía mover las manos. Estaba condenándome al silencio.

–Ana, te amo como lo mejor de mí misma. Tienes que morir. No me obligarás más. Eres mala. Sal de mí.

Soledad me asfixiaba. Continuaba hablándome con coraje, con ternura, con toda la locura que la rodeaba. Cuanto más duro me replicaba, menos podía responderle o pensar. Ya no la escuchaba. Tampoco respiraba. Me levantó de la cama. Me llevaba agarrada contra su pecho. Luego me agarraba por los sobacos, alejándome de ella. Era como si en el trayecto, mi peso hubiese ido desvaneciéndose.

Observé la habitación, mientras ella me iba empujando hacia la ventana. Tenía una tonalidad violeta. Los sonidos eran huecos. Sentí un vértigo frío. ¿Cuál es mi nombre? Susurré. Las tonalidades malva, púrpura, el humo me impedían ver con claridad. Me aterroricé tanto que se me helaba la sangre. Ahora, solo había una cama en el cuarto, una mesita con una foto de su familia, la de Soledad, pero la que salía con ellos era mi cuerpo, mi rostro, yo…

¿Qué está ocurriendo? Soledad, por favor, yo te quiero. Somos compañeras. No me hagas esto. Tú no existes. Soledad me besó la boca y me arrojó contra la pared. Seguí mirando con terror la habitación. Ninguna de mis cosas estaba allí. Soledad tomó mi diario, o tal vez el apócrifo que ella escribía. Comenzó a leer:

“1ro de agosto. Llevo aquí cinco años, y finalmente el doctor dijo que estaba preparada para salir los fines de semana. Viví tantos años contigo. El doctor dice que es una disociación, algo así como la coexistencia de sistemas mentales separados. Eso es muy técnico. Siempre pensé que Ana existía. Acepto que yo, Soledad, fui quien quemó la casa del abuelo y otras cosas ocultas en este diario. Ahora lo veo claro. Ana era mi forma de sentirme segura, independiente. También de vengarme de quienes me lastiman. Me prometí dejar de deambular en las madrugadas cuando no podía dormir. He visto cosas terribles. He pintado mis manos de sangre ajena. Te odio, Ana. Hoy me libero y te saco de mi vida. Yo soy Soledad, también soy Ana. En este carnaval de silencios he triunfado solamente yo. Este diario se irá con ella”.

Recuerdo los trazos de nuestra letra, m, w, la vocal a, perfectas. Las páginas acarician mi caída. Parecen plumas de un ángel. Ahora viviré por siempre en sus noches de insomnio fuera del infierno de la locura. Soledad sigue leyendo mientras gateo hacia la ventana. Me despedí de ella con la mano. Alcancé a decirle: “volveré”. Me arrojé hacia el vacío. Mi cuerpo caía junto a las páginas que Soledad arrancaba del diario. A lo lejos la escuché gritarme: “Soy libre”.



Ana María Fuster Lavín

fragmento novela (In)somnio
Ed. Isla Negra
http://www.editorialislanegra.com

martes, marzo 28, 2017