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jueves, febrero 01, 2018

repetirse de palabras, amar y morir... fragmento de mariposas negras


He pasado la noche cargada de esos sueños que se repiten. En ellos que habito en un juego de espejos y laberintos. Allí, gateo en las madrugadas como en un sueño abandonado. No sé cuánto tiempo llevo ahí, pero tengo tanta hambre… Sé que además allí hubo otra yo, que ya fue recogida. En este lugar, la basura se amontona junto a las sombras de la ciudad donde el día y la noche ocultan las dos caras de la muerte. Cada vez que uno de esos seres se acerca a mí, trato de gritarles. Solo salen leves gemidos de mi boca, acompañados del ronroneo de mi pecho. El miedo y el abandono son los ladrones del tiempo. En el momento de mayor terror, afortunadamente llega la calma cuando una mujer se acerca y me lleva con ella.

—Mariana, cada vez que nos amemos, morirás un poco.

Despierto una y otra vez. Escucho esa voz repitiéndome las mismas palabras. Amar y morir, ¿es ese mi destino?

 

Ana María Fuster Lavín
Mariposas negras
(novela)
Ed. Isla Negra, 2016
 

martes, abril 04, 2017

Lectura de Caricias del silencio ( Cap. I-Mariposas negras) y comentario de la catedrática Dinorah Cortés


Mariposas negras presenta fuertes resonancias fílmicas. (El misterio de la ambientación y la textura de la caracterización de las protagonistas evoca el filme irlandés-canadiense de horror The Moth Diaries.) Esta novela multifacética tiene sesgos de ficción juvenil, toda vez que trata con acierto peripecias correspondientes al género fílmico anglosajón conocido como "surviving high school". Sin embargo, el pathos brutalmente trágico que entreteje estas vidas adolescentes, nos adentra firmemente en un universo gótico poblado de crímenes perversos, alados encuentros, erotismo, muerte y venganzas justicieras. Contra este tenebroso telón de fondo, resplandece la amistad entre las dos protagonistas adolescentes, que acaso sea solamente una persona, en medio de una intensa y perturbadora narrativa, de lectura compulsiva, en la que amor y horror se imbrican.

Dinorah Cortés-Vélez
escritora puertorriqueña  y catedrática en Marquette University




 

I

 

Caricias del silencio o la invisibilidad

 

Me levanto. Observo mi cuerpo sobre la cama. La veo a ella, a mi lado, aguantando una almohada. Llora, también sonríe. Sigue siendo tan hermosa, como cuando nos conocimos de niñas. Ella acaricia mi frente. Estoy agradecida de su amor, su amistad y, en especial hoy, por obsequiarme la última caricia del silencio.

Me observo. Cumplí hace unos días veintitrés años. Mis recuerdos más remotos no tienen ojos. Son como un callejón de sombras que me rodean, sombras que deambulan también alrededor de mis sueños, de mis seres más cercanos. Miro hacia la ventana y puedo verme al otro lado, asomada con las manos en el cristal, pidiéndome abrirla para regresar a ella, a mí. ¿Soy yo esa chica al otro lado del cristal? Vuelvo a mirar y me difumino lentamente hasta desaparecer. Soy el aleteo de la soledad, un capullo que renace cada amanecer. Solo transformada una y otra vez hasta llegar al silencio eterno. ¿Se puede tener un final si nunca se tuvo un inicio?

Pienso en mi vida y trato de reconstruir mi recuerdo más remoto. Fui una niña robada en la noche, en las calles donde el tiempo es péndulo entre la vida y la muerte. Finalmente, ha llegado el momento de liberar este diario en espirales, antes de regresar a mi lugar de origen. Soy una historia perdida en la página de un diario. Tal vez sea solo eso, las anotaciones del diario que escribía mi mejor amiga, Laura. Quizá por eso tenía más de un diario. Mis memorias más remotas siempre me llevan a ella, a las calles, a los gatos, a esa chica al otro lado del cristal. Ella fue quien le dio palabras, y voz a mis silencios, eso que olvidamos y solo un aleteo puede ayudarnos a recordar, aunque sea por unos minutos. A fin de cuentas, ¿qué es el tiempo?

Estoy aquí amarrada a una cama, atada a la esperanza de entender todo lo que me ocurrió, o al menos intentarlo. Esa misma esperanza me confirma que ella regresará a mí y me ayudará a tomar una decisión. Son esas intermitencias de la muerte, las voces que salen de mi pecho. Ellas chocan contra las ventanas, hasta

fragmentarse en palabras sin sentido; para luego, recoger cada una y encajarlas como un rompecabezas hasta recordar o desaparecer. Y es que olvidar también es una forma de morir. Sin embargo, para olvidar hay que recordar. Una vez, mi maestro de historia en la secundaria me comentó que contar el pasado es una forma de liberarse de él. Me dijo: “Mariana, por más que duela, no puedes borrar cada pisada; cada rincón de tu corazón guarda una historia. Tienes que reconstruirla desde el origen: tu origen. Solo así serás libre”.

Una vez le comenté a John, mi mejor amigo de la escuela, que, para no enloquecer, me convenzo de que cada día tiene su propia historia. Igual, algunas especies de mariposas solo viven veinticuatro horas: despiertan, aman a otra mariposa; luego aletean hasta quedarse dormidas y mueren. Entonces, de qué sirve buscar de dónde venimos o quiénes fuimos o seremos. Tengo la certeza de que solo encontrando las palabras precisas podemos sobrevivir.

Desde que estoy aquí todos los días son iguales. Ya nadie me visita. Mientras, las palabras siguen siseando desde las ventanas de la habitación. Alzo las manos y las sílabas de cada aleteo acarician mis dedos. Una vez en la escuela traté de imaginar que uno podía contactarse con el silencio. Llegar a ese mundo donde todo es paz y poder organizar las piezas de nuestros recuerdos sin que los demás nos rompan. En mi caso nací rota: unos jugaron con mis pedacitos, algunos trataron de ayudar a reconstruirme. Habrán pasado quizá unos cinco años desde aquella noche cuando mi vida se detuvo. Fue la noche del baile de graduación de secundaria donde perdí el control. Poco a poco, todos también se perdieron de mí.

Pienso en Laura, que aún permanece aquí en mi cuerpo, mientras mi pecho emite ronroneos suaves. A su vez, la posibilidad de que, en realidad, me visite es lo que me ha mantenido viva. Estoy segura de que lo hará. Sin ella tampoco tengo la alternativa de morir. Por eso, en las noches viajo a cada momento vivido desde que ambas nos conocimos. Nunca me ha parecido rara esa imposibilidad de precisar cuándo fue que comenzamos a ser amigas, es como si ella siempre hubiese sido parte de mí, o yo soy solo una sombra que se escapa de sus diarios. A fin de cuentas, ella siempre dudó entre si debía leerlos o no. Sabía todo sobre mí. De ella, en cambio, solo sé lo que me contó, porque su alma es demasiado confusa para mí. Laura es mi día y mi noche, el aleteo constante del tiempo. Laura me dio la vida antes que mi propia madre, a ella le corresponde llevarme a la muerte cuando sea el momento.

¿Cuándo comencé a tener la noción de que el tiempo es relativo a los vaivenes del alma? No lo sé, quizá tan solo somos las historias que vivimos. Las mías comienzan poco antes de cumplir los once años y terminaron una noche poco después de cumplir dieciocho. Hace cinco años solo vivo en el olvido de Laura.

 


Ana María Fuster Lavín, Mariposas negras,
San Juan/Santo Domingo, Ed. Isla Negra, 2016, págs. 13-15.

 

martes, febrero 07, 2017

comentarios y presentación de Mariposas Negras de Ana Maria Fuster


Esta novela es un entretejido de ternura, pasión y misterio en el que se define la poesía.  Al finalizar el tejido nos encontramos una historia sacada de la cruda realidad de nuestros pueblos, relaciones incestuosas unidas a relaciones de poder desgastadas.  Reconocimientos a través del vuelo de la vida, corto como el de las mariposas, tras la luz, dispuestas a quemar sus alas a cambio de un aromático  instante luminoso.  Mariposas negras, de pasión y de muerte, eros y tánatos , devenires deulezianos, sin tiempo, sin cuerpo. 
Alinaluz Santiago
UPR Humacao
Escritora puertorriqueña
 
 
 
"Mariposas negras de la escritora puertorriqueña Ana María Fuster Lavín es una novela gótica que también presenta el acto de escribir como liberación, salvación, reflexiona sobre el acto de escribir,  sobre la equidad,  sobre la libertad de amar,  sobre la sexualidad sin prejuicios,  también denuncia el maltrato y abuso sexual de menores,  la violencia doméstica,  la pederastia,  denuncia los peligros de los fanatismos religiosos y el bullying" E. J. Cabrera, UPR
 
 

El personaje de esta novela de corte juvenil es mudo testigo del abuso sexual rampante en nuestra “Isla del (Des)encanto”.  Mariana sabe lo que le pasa, lo ha sufrido como una adolescente consciente de las mal llamadas convenciones sociales.  Ella logra romper el silencio de la víctima, le crecen alas de mariposas negras y como una shapeshifter, o cambiaformas de los relatos góticos, toma venganza de sus victimarios.  El deslumbrante lenguaje poético de Ana María Fuster Lavín impregna la prosa de esta narrativa que se subtiende entre el verso y la oración, como unidades de significado que comunican el triunfo final de la toma de poder sexual que experimenta la voz narradora como una sobreviviente.
Daniel Torres
Ohio State University
Escritor y crítico literario

 

Mariposas negras presenta fuertes resonancias fílmicas. (El misterio de la ambientación y la textura de la caracterización de las protagonistas evoca el filme irlandés-canadiense de horror The Moth Diaries.) Esta novela multifacética tiene sesgos de ficción juvenil, toda vez que trata con acierto peripecias correspondientes al género fílmico anglosajón conocido como "surviving high school". Sin embargo, el pathos brutalmente trágico que entreteje estas vidas adolescentes, nos adentra firmemente en un universo gótico poblado de crímenes perversos, alados encuentros, erotismo, muerte y venganzas justicieras. Contra este tenebroso telón de fondo, resplandece la amistad entre las dos protagonistas adolescentes, que acaso sea solamente una persona, en medio de una intensa y perturbadora narrativa, de lectura compulsiva, en la que amor y horror se imbrican.
Dinorah Cortés-Vélez
Marquette University


 

Isla Negra Editores y Libros Ac
invitan a la presentación de la novela
Mariposas Negras
(de Ana María Fuster Lavín)
 
A cargo del escritor y crítico literario
Alberto Martínez Márquez
 
Conversatorio con Ana María Fuster Lavín,
Amárilis Pagán Jiménez, Carmen Zeta  y  Melvin Rodríguez
Moderadora Marieli Calderón
 
Miércoles 8 de febrero de 2017
7:00 pm en Libros Ac
frente a Ciudadela, Ave. Ponce de León
Mariposas Negras ya está a la venta en librerías
 

miércoles, agosto 03, 2016

escritora invitada : Dinorah Cortés-Vélez


"La promesa del timbre de su voz se agazapaba en aquella cinta,
 lista para saltar y herirme la amnesia." 
Dinorah Cortés-Vélez


Silencios de Papel 
comienza con emoción su 2da edición de destacados escritores invitados 
con un relato de la escritora, catedrática y crítica literaria 
Dinorah Cortés-Vélez






La grabadora


de cinta magnética era un armatoste en forma de cubo (como esos de tres dimensiones que yo solía dibujar en mis libretas escolares, superponiendo cuadritos para crear la ilusión de profundidad). La grabadora tenía dos bobinas para insertar los carretes con cinta magnética y una tapa que, al cerrarse, encuadraba el conjunto en una maleta con agarre, aunque no tan portátil a causa de la construcción maciza del aparato. Desde que tuve uso de razón, estuvo siempre allí, durmiendo el sueño de los justos, en la tablilla inferior izquierda del divisor de madera. Como tantas otras figuritas que adornaban el pesado mueble de madera de pino, la grabadora de cinta magnética no hacía sino acumular polvo.

No había escuchado las cintas apiñadas en una caja de cartón, con las solapas dobladas hacia adentro para que no molestaran; caja que se encontraba en el compartimento del centro (el divisor tenía tres hileras verticales de tablillas, para un total de nueve divisiones), que quedaba inmediatamente a la derecha de la grabadora. Mami siempre me decía que había que conseguir quien la arreglara, porque tenía algo dañado desde antes de morir Papá. Pero entre esto y aquello, fueron pasando los años y allí se quedó arrinconada, sin encontrar su uso. Para mi octavo cumpleaños, ya toda la euforia eran los cassettes que habían terminado por destronar a los eight-tracks. Yo estaba agudamente consciente de que había una cinta en la caja, justo a la derecha del armatoste, que contenía la voz de mi padre, muerto cuando yo tenía dos años y medio en un accidente de carro.

La promesa del timbre de su voz se agazapaba en aquella cinta, lista para saltar y herirme la amnesia. Muchas veces me figuraba con una alegría aterrada que aquel eco se me habría de volver laberinto de crueles ternuras, por donde yo como una Alicia enferma caería libremente. Otras, me zahería el pensamiento de que la elusiva tonada tuviese un timbre vulgar o, peor aún, despiadado. Pero lo que más me asustaba era la idea de no poder escucharme en sus sílabas. Por ese miedo difuso como campana gelatinosa de aguaviva, flotando con displicencia en mi infantil conciencia, y por meras dejadeces de atragantada desmemoria, no le insistí a Mami que la arreglara.

La noche en que los malandrines irrumpieron en la casa listos para llevarse hasta el sucio de las esquinas, Mami y yo dormíamos tranquilas, cada una en su cuarto, con sueño de peñón. Lo único que previno un fin de letras rojas para nosotras dos, fue el portón de rejas que Mami había hecho instalar no hacía ni una semana en el pasillo que daba hacia las habitaciones y el baño. Al levantarse Mami primero, como solía cada mañana, encontró la sala patas arriba. Los ladrones habían sacado las hojas de cristal entreabiertas en una de las ventanas en la sala y tras haber removido y torcido la rejilla metálica que la recubría y haberla colocado en el sofá, habían puesto manos a la obra. Se llevaron cuanto pudieron. Parece, a juzgar por las cosas que se llevaron, que no eran más de dos. Por ejemplo, dejaron el televisor por ser muy pesado, pero cargaron con la maquinilla eléctrica de Mami, con la grabadora y con la caja llena de cintas magnéticas. Cuando supe del hurto de la voz de mi padre, ahora para siempre interceptada en la cinta inescuchada, fue como si el veneno de una aguamala tomara asiento en el hoyo inesperado que me había dejado por dentro el rumor de aquella voz de fuga sin tocata.






Dinorah Cortés Vélez. Escritora puertorriqueña y catedrática asociada de literatura latinoamericana en Marquette University, Milwaukee, WI, U.S.A. Ha publicado tres libros de ficción, El arca de la memoria: una biomitografía (San Juan, Puerto Rico, Editorial Isla Negra, 2011), Cuarentena y otras pejigueras menstruales (San Juan, Puerto Rico, Editorial Isla Negra, 2013) y Poemas de la soledad en Wisconsin (San Sebastián, Puerto Rico, Indómita Editores, 2015). Ha publicado diversos artículos de prensa cultural (Claridad, El Post Antillano y Revista Cronopio). Se encuentra próxima a terminar el manuscrito de su primer libro sobre Sor Juana Inés de la Cruz. Tiene terminado el manuscrito de su primer libro de ensayos y también trabaja en un libro de cuentos y un libro de poesía.