blog de la escritora puertorriqueña Ana María Fuster Lavín --gestión cultural, cuentos, poesía, ensayos, fragmentos de textos, crónicas y fotografía-- Foto de portada AMFL /// “Tengo miedo de mi voz y busco mi sombra en vano. ¿Será mía aquella sombra sin cuerpo que va pasando?...” Xavier Villaurrutia
jueves, febrero 08, 2018
miércoles, febrero 07, 2018
domingo, febrero 04, 2018
crónica personal del huracán maría en cinco jornadas
Las
pisadas del insomnio o sinfonía de la incertidumbre
a los
sobrevivientes puertorriqueños del otro huracán que vino después
Y aunque los vientos de
la vida soplen fuerte
pero siempre sigue en
pie.
--Dúo dinámico
Las pisadas de este
insomnio han sido pequeños alfileres en espiral que me llevan una y otra vez a
esas doce horas, a las siguientes dos semanas, unos 29 o los posteriores cuarenta
y tres días, los insospechados ochenta días, interminables rotaciones sobre el
cono de incertidumbre. Y me perforan poquito a poco las corazas. Son estos
bocetos de una isla silente y fragmentada donde la empatía es voz y la esperanza,
una polifonía en cinco movimientos al otro lado del puente, de la que aún solo
percibimos susurros. Pero allí está y estaremos.
*
Doce agobiantes
horas… Adagissimo. Lo
peor concluirá (ingenuo consuelo) después de esa docena de horas, eso escucho
en la radio. Nosotros encerrados escuchando un carnaval ensordecedor de
metales, maderas, vientos, susurros, miedos, como una pesadilla desesperante en
la que deseas que suene el despertador, pero todavía faltan horas días meses. Aún
no termina. ¿A dónde llegaremos después de esa fracción de jornada? El eco del
huracán ruge y pita estrepitosamente. Miguel duerme junto a mí, encerrados en
el estudio del apartamento. La gata me mira angustiada desde el escritorio. Sus
sombras a la luz de las velas me transportan a un cuento de Poe. Abro la única botella
de cerveza que eché en la neverita junto a otras provisiones para los tres.
Cierro los ojos y bebo despacio mientras las ventanas crujen, las tormenteras
percusionan, cristales caen; el pitido constante de ráfagas dantescas desde el
mar, desde la calle, en círculos. Van más de seis horas. Agarro una
botella de agua y la bebo a sorbos en cámara lenta, la ansiedad es una
desesperada sedienta. En la radio las coordenadas comienzan a rajar nuestra
isla de sureste a norte. Una mujer grita,
y grito más duro, ¿dónde estás? El eco de las ráfagas recorre nuestro hogar. Allegro piú vivace. La gata se pega a mí
gimiendo... Cleopatra, es el viento, se pega a mí con su colita abrazada... Despierto
a mi hijo y le digo que tenemos que salir del estudio. Recogemos nuestras cosas
y cruzamos rápido al baño, que no tiene ventanas. Nos recostamos de las dos
puertas; en una mi hijo, en otra yo, por temor a que se abran y nos secuestre
ese desesperante pitido del eco que ruge acompañado de una caótica sinfonía de
cristales, árboles, puertas y pesadillas. De repente, se detiene la rabia
huracanada, Miguel pregunta, son ya 8 horas, Cleo con su mirada de universo
perdido. Los oídos se sienten como si estuviésemos en un avión a punto de
despegar. Abrimos una puerta y nuestra casa es un lago... El pito maldito nos
alerta y nos volvemos a trancar en el baño, pasan dos horas más y despertamos
abrazados, los tres, sonreímos, nos colmamos de besos, pero no fue una
pesadilla... El eco de este interminable insomnio sigue rugiendo pesadillas y
silencios en la incertidumbre. Volveremos a la normalidad algún día, pero desde
otra esperanza.
**
Un día como hoy hace dos
semanas... el mar me avisaba desesperado desde la mañana. Un martes hace dos
semanas cerramos la tormentera del balcón y a las 10 pm le dije a Miguel, vámonos
ya, es hora. Nos abrazamos, agarramos nuestras mochilas y neverita, la cartera felina
y nos trancamos en el estudio (la habitación con la ventana más pequeña) con
Cleo que ya no se nos volvió a separar. Desde esa hora cada vez más fuerte
el dueto de mar y viento, al cual se unían nuevos instrumentos (tormenteras,
cristales, un aullido que se multiplicaba formando una jauría dantesca,
puertas golpeando desesperadas intentando detener la entrada de un hostil
desconocido y aquel demencial pito al que se unían dos tres cuatro doce pitos);
todo in crescendo como el Bolero de
Ravel, versión grotesca, hasta llegar a una danza macabra... A las 5:30am era
una orquesta ensordecedora de vientos, metales y percusión, despierto a Miguel
que dormía en el piso a mi lado. Le dije, tenemos que salir de aquí, no se
siente seguro. Recogimos en un minuto el equipaje y provisiones, a la Cleo, que
no ocultaba en su mirada el terror, y corrimos al baño, que no tiene ventanas y
así más horas... todas las horas de aquel concierto que ya cambiaba de
movimiento a contrapunto.
Finalmente concluyó miércoles
pasado el mediodía. Pero no hubo aplausos. Tampoco música para la esperanza. Todavía
sentía en mi espalda los latidos de la puerta del baño, en la cual estuve
recostada durante tantas horas. Cuando Miguel y yo salimos, pisamos suave, muy
suave como si creyéramos que el apartamento podía colapsar en cualquier momento
hasta caer de nuevo en ese réquiem huracanado sin final. Observamos en silencio
el piso bajo unas seis pulgadas de agua en la sala, el comedor, la cocina y en
el estudio donde originalmente nos refugiamos. Mis manos temblaban y Miguel me
preguntaba con la mirada, ¿y ahora?
Hijo, en dos horas terminaremos…. Y el temor de abrir la tormentera, y
ver qué había ocurrido al otro lado, si ese otro lado de nuestra vida aún
existía (no nos equivocamos, pues ya nunca volvería a ser lo mismo) no podemos
vivir con los ojos cerrados ni con terror. Han pasado dos semanas en este otro
lado, con los demás sobrevivientes, sin aplausos; solo el eco de aquellas horas
y la incertidumbre... Dos horas sacando agua en nuestro hogar, más dos horas
sacando agua en la de nuestra vecina, luego dos horas adicionales sacando agua
del apartamento de mis padres (que oportunamente ya habían regresado a su otro
hogar en España), más otras dos horas ayudando a recoger escombros en el
estacionamiento, dos horas sentados en un muro meditando frente a un lago de
seis pies de profundidad en la avenida, dos horas tratando de llegar casi a
nado a otro lugar, a los otros que deambulan como nosotros incrédulos,
perplejos, silentes, de dos en dos, son dos semanas y de dos en dos se suma ese
calendario de incertidumbres y seguimos deambulando buscando un rumbo hacia lo
que llamábamos normalidad pero a la brújula también se la llevaron los vientos.
***
Día 29. Todavía
las jornadas en el trabajo, por la falta de energía, son más cortas. Mi
oficina, a la que llamaba (y ya todas mis amistades conocían como) las
catacumbas jurídicas se perdieron, por lo que nos reubicamos en la
biblioteca. Intento llegar lo más
temprano posible, para traerle agua fría a mi querido amigo y colega Francisco,
para preguntarle a los demás cómo están, si han dormido, a Pabsi si tiene gas
que como siguen su mamá y Lalo, y a la vez contarles o contarnos a modo de terapia
de grupo que seguimos a oscuras, que algunos no tienen ni techo, que el
gobierno nos amputa las esperanzas en pequeños trocitos, que muchos se han ido,
muerto, enferman, emigran, permanecen….
Llega a lo lejos por
el antiguo parque muñoz rivera (ahora cementerio de árboles) hacia la entrada
del tribunal. Está envuelta en una bolsa negra de basura. No tiene más de 27
años y su cabello recortado de peluquería no más de un mes, luce saludable en
términos físicos. Según se acerca y ve algunos empleados y alguaciles se quita
la bolsa, se queda desnuda y balbucea: “lo perdí todo” y se tira a un gran
charco de fango. Una de mis compañeras de mantenimiento, bastante mayor, corre
a buscar ropa en una oficina. Llegan unos policías, pero no quieren mancharse
las botas. Los dos alguaciles hablan con ella, en lo que llega una ambulancia.
Ella no quiere salir del fango, no quieren salir más a la calle, no quiere salir
más de su mente ya perdida. Poco a poco la logran sacar, al menos su
cuerpo, mientras ella se resiste. Finalmente la visten con la ropa conseguida y
la logran montar en la oficina. Los que hemos ido llegando al tribunal vemos la
ambulancia alejarse con la pobre joven. Nos quedamos en silencio unos
minutos, mis ojos tratan de contener las lágrimas. Nos miramos con los ojos
vidriosos, nos abrazamos en silencio…. Ya son 29 días del paso del huracán. Puerto
Rico dolor fango incertidumbre empatía lucha camino...No es un
cuento... pasó esta mañana pasadas las 7 am, una joven desorientada y destruida
por el parque Muñoz Rivera; al menos el grupo pequeño de empleados del tribunal
supremo consiguió algo de ropa y una ambulancia. Y el resto del día con el corazón
partido, como el fango adonde la joven quiso refugiarse...
****
Cuarenta y tres noches de
insomnio y el puente se fragmenta en 61920 minutiesperanzas cada vez
más nubladas como cada granito de arena perdido a fuerza de engaños, nos han
robado hasta la luz al otro lado del horizonte. Es la sinfonía inconclusa en su
segundo movimiento. Y me piden que escriba, y no puedo escribir, y me piden que
lea y las palabras huyen como una caravana de hormigas locas por las páginas. Y
le debo un escrito a Rosa, una crónica a Caleb, un cuento a José Cáez.
1032 horas después
llegó la luz a mi apartamento. El día de los muertos por si faltan más
calaveras y espejismos en el camino. Pienso en mis vecinos de toda la isla
costa y montaña, en quienes no tienen luz, en los que siquiera tienen techo.
Sigo caminando por las calles de Santurce y recuerdo aquellos tres pequeños murciélagos
que yacían en una esquina. Lloré de tantas muertes, viéndolos, parecían tres
niños que el viento se llevó mientras dormían y nunca despertaron aquella
madrugada. No pudieron salir a comer, jugar con la luna en las noches. Son esos
niños que aún no saben cuándo tendrán techos, esos que no saben cuándo habrá
clases de nuevo, aunque tengan que protestar con la maestra de historia porque
no pueden hacer la tarea sin Internet, como esos niños que tuvieron que dejar
la isla y recuerdan a sus otros amigos que ni saben dónde están ahora… Lloré
esos pequeños niños murciélagos que hace 43 noches los vientos secuestraron del
nido familiar y los arrojaron al silencio.
****
Ochenta días y me
siento a escribir por primera vez, allegro
ma non tropo. Celebré antes de
tiempo, porque la palabra es más breve y el texto es un oleaje que no se
detiene, que no tiene ritmo. Es como pasar las páginas de los fantasmas y las
muertes, de los amigos que se han ido. De los que se han emigrado como Angel
Isián, Melvin Rodríguez, Lala, Natalia y demasiados que mis querencias se
fragmentan como un rompecabezas de soledades de los que se van pronto como Marlyn
o mi Francisco favorito, sumando a tantos a los que se les han muerto
familiares cercanos madres, abuelos, primos, tantos que murieron durante y a
causa de este desastre natural y gubernamental, y mis palabras sueños se van
con ellos y trato de escribir, pero no puedo. Mis palabras siguen en fuga de
vientos. Sé que volveré a escribir. NO me rindo. Aunque nos mientan, porque
tenemos la verdad, lo sabemos, los que nos quedamos, los que se tuvieron que
ir. No me rindo, aunque nos roben, porque el amor, la afinidad o conexión especial
con los míos y la poesía no me los pueden arrebatar, nadie. No me callo, aunque me arranquen la voz a
fuerza de mentiras.
*****
http://www.auroraboreal.net/literatura/puro-cuento/2630-las-pisadas-del-insomnio-o-sinfonia-de-la-incertidumbre
Cien días. Tal vez
ciento treinta, doscientos, la cuenta de los días se ha fugado mas no la poesía
ni la empatía, cada poema es una mirada, un abrazo, una historia, mi gata que
finalmente duerme tranquila a mi lado; mi hijo calculando su promedio para
lograr entrar a la UPR en un año; el reunirnos a escuchar las vivencias de
conocidos como los compañeros de jornada, de la palabra o de futbol de libros,
esas excursiones con Alberto, Carlos Roberto, Alinaluz, Carmen Zeta y con desconocidos
en la calle, en todas las calles de esta isla; al igual en las despedidas y en
los reencuentros de la piel y la palabra. Este concierto que es la vida, la
muerte, supervivencia y escombros sociales. Las pisadas del insomnio son ese
lugar al que aún lleva a mi corazón y palabras sin rumbo y llora en el
desasosiego de nuestra isla que algún día saldrá del cono de incertidumbre. Mientras,
sobrevivimos a fuerza de palabras y llanto, pero esa sinfonía inconclusa de zozobras
ya es un tatuaje en nuestra alma… y ya van demasiados días que la cuenta se me
pierde entre las lágrimas, escombros y la distante esperanza. Al otro lado del
puente está la luz. ¿Lo cruzaremos?
Ana María
Fuster Lavín
Escritora
puertorriqueña
Residente
de Santurce
jueves, febrero 01, 2018
de sueños y tierra firme...
A veces la esperanza es una nostalgia naufraga que recorre
las manos
hasta llegar a tierra firme en el corazón
y, solo así,
estalla en
palabras y sensaciones para volar
hacia el poema piel
de sueños y tierra firme...
Otras el palpitar de la incertidumbre nos hace detenernos,
solo por un instante, para tomar un café
y respirar profundo, escribir nuestras historias por vivir,
y aunque el corazón se rompa aún así la
esperanza nos espera allí:
al otro lado del puente
ana maria fuster lavin
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Ana Maria Fuster,
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repetirse de palabras, amar y morir... fragmento de mariposas negras
He pasado la noche cargada de esos sueños que
se repiten. En ellos que habito en un juego de espejos y laberintos. Allí,
gateo en las madrugadas como en un sueño abandonado. No sé cuánto tiempo llevo
ahí, pero tengo tanta hambre… Sé que además allí hubo otra yo, que ya fue
recogida. En este lugar, la basura se amontona junto a las sombras de la ciudad
donde el día y la noche ocultan las dos caras de la muerte. Cada vez que uno de
esos seres se acerca a mí, trato de gritarles. Solo salen leves gemidos de mi
boca, acompañados del ronroneo de mi pecho. El miedo y el abandono son los ladrones del tiempo. En
el momento de mayor terror, afortunadamente llega la calma cuando una mujer se
acerca y me lleva con ella.
—Mariana, cada vez que nos amemos, morirás un
poco.
Despierto una y otra vez. Escucho esa voz
repitiéndome las mismas palabras. Amar y morir, ¿es ese mi destino?
Ana María Fuster Lavín
Mariposas negras
(novela)
Ed. Isla Negra, 2016
viernes, diciembre 29, 2017
silencios de papel 21
¿cómo alimentar la
palabra sin que la soledad engorde?
¿cómo beber de tus
versos sin que el insomnio suicide su despertar?
ahora,
que desperté,
¿podré morir
entre los labios de tus pisadasueños
y desde nuestras manos
encontrarnos al otro lado del silencio?
anamaríafuster
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silencios de papel
silencios de papel 20
...descubramos el aroma
de nuestras palabras desnudas...
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silencios de papel
silencios de papel 19
...como
esa soledad desnuda, insomne,
que arranca a dentelladas la piel de las palabras...
anamaríafusterlavín
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silencios de papel
despertar del insomnio... ana maría fuster
El
diario de Ana
o despertar del insomnio
Entre las sombras el
humo y la danza
entre las sombras lo
negro y yo.
Alejandra Pizarnik
Dicen que me suicidé. Nunca pensé que podía morir
de mí misma. En realidad desperté de un largo insomnio. Me liberé de la sangre
ajena y sus memorias, del infierno y la locura que me habitaban. Fueron cinco años
confinada en mi mundo interior y en el de mis compañeros. Pese a lo que la
mayoría piense, la terapia de grupo me angustia. Detestaba salir con ellos. Era
como pasear sin destino junto a sus sombras.
–Mi mamá encontró las pastillas para
mantenerme despierta. Las echó por el inodoro y me sermoneó un mes. Tuve que
recurrir a pellizcarme o darme pequeños cortes con una cuchilla. El día que vio
las cicatrices en mis muslos y brazos decidió internarme aquí. Le dije que era
para sentir algo, para no dormir. El doctor dijo que, entre otras condiciones,
sufro de narcolepsia.
--Soledad, así estamos todos. Lo resuelven
todo con sus términos científicos. Mi padre me golpeó un día que me vio
llorando y le confesé que amaba al papá de mi mejor amigo. Me dio tan y tan
fuerte, me gritaba pato y enfermo. Esa noche me corté las venas.
–Hoy no quiero hablar. Los escuchaba a todos,
pero a la mayoría no podía verlos. Luego regresábamos a nuestras habitaciones.
Sí, podía ver a Soledad, mi compañera de cuarto, que casi siempre me provocaba
claustrofobia. Aparentemente sufría de algún trastorno disociativo. Los
medicamentos también la habían convertido en espectro durmiente. Éramos sombras
fragmentadas, todos estábamos trastornados. En fin, somos penumbras. Y yo era
una en busca de la libertad.
Muchas madrugadas, mientras Soledad dormía, me
escapaba un rato del siquiátrico. Me robaba por unas horas la bicicleta de la
amante del guardia de seguridad. Sabía que ellos bebían y hacían el amor de 2 a
5 de la madrugada. Tenía un buen rato para mí. En esas horas antes del amanecer,
las calles son un festival silencioso. Los amantes buscan rincones para
degustar sus hormonas. Los adictos, igualmente, buscan sus placeres más
oscuros. Todos se esconden en sus secretos a mi paso. Carros furtivos, jóvenes
regresando de sus bohemias etílicas.
Caminaba varias cuadras. Observaba. No
pensaba. No sentía. Solo fluir. Así olvidaba. Podía olvidar hasta lo hecho
durante mi trayecto. Mi mente viajaba. Luego entraba en una cafetería
dominicana abierta las veinticuatro horas. Pedía unas tostadas y un café cargado
(en el hospital solo nos lo dan en el desayuno). Me sentaba a escribir unos
minutos, no más de media hora. El insomnio es mal compañero, pero provee la intimidad
necesaria para escribir. La palabra medica mis decisiones. Por eso, cargaba
siempre con mi diario de meditaciones. Tenía dos diarios, éste y uno en el que
escribía sobre mi vida pasada, para no olvidar. Así espantaba mis fantasías, delirios,
pesadillas que podían tornarse tan reales.
Luego regresaba pedaleando rápido. Dejaba la bicicleta.
Entraba silenciosa al pabellón. En ocasiones, escuchaba ruidos en habitaciones.
Unos ríen, otros lloran, insultan, hacen el amor. Eso, si no se tomaban sus
medicamentos para olvidar. Llegaba a mi habitación de puntitas, para que
Soledad no despertara.
–Soledad es hora del desayuno, –dijo la
enfermera asomándose por la puerta.
No se dirigió a mí, en estos días ella no me
hablaba. Así es ella, podía ser cariñosa como odiosa, abacorar unas veces,
otras ignorar.
–Voy, ahora, contestó Soledad, con la voz
todavía anestesiada por los medicamentos.
Ana, hoy no tengo ganas de ti. No me
sigas. No la seguí. Ese fue el
día de mi muerte. No encontré mi diario íntimo, en el que escribía de mi vida
pasada. Soledad ya se había ido a desayunar. No salí de la habitación. Aproveché
para rebuscar entre sus cosas. Sabía que algo no estaba bien y que ella estaba
detrás de eso.
Descubrí que Soledad había estado practicando
mi letra. Ese trazo redondo, mi forma en que la m y la w lucen casi iguales. Mi s cerradita. El casi imperceptible rabito de la a.
Era tan increíble el parecido. Si no fuese porque estaba en tinta violeta, casi
hubiese pensado que era escrito por mí. Nunca escribo en color violeta. Ese
color me provoca pesadillas y ataques de ansiedad. Tengo que escribir. Cada
palabra responde a una realidad. Como si la ciencia de cada sonido, letra, le correspondiera
al objeto nombrado.
Seguí buscando hasta que encontré en una
mochila bajo su cama. Allí había escondido cosas mías: unos pantis de encajes, un sostén rojo, el vestido de
flores, aquel libro de las Obras
completas de Girondo. Además, había
un diario casi igual al mío pero cargado de historias de otras mujeres y
situaciones terribles. Ese no me pertenecía, definitivamente no podía ser mío.
Lo comencé a hojear. Hablaba de cuánto me odiaba. “Ana es un monstruo.” Me
acusaba de pirómana, de asesina, de depravada, de aterrorizarla. Decía que odiaba
en mí, esa parte de ella que le provocaba insomnio.
¿Insomnio? Soledad siempre duerme bien, pensé.
¿Por qué ella inventaba cosas tan terribles de mí? Pretendía acusarme de sus pesadillas.
¿Cómo confrontarla? Sentí un miedo que me helaba.
Las últimas semanas Soledad estaba tratando
de convertirse en mí. Al principio creí que solo trataba de ser mi amiga. Cuando
llegué al sanatorio, ella me ignoraba. Me trataba como si no me viera. Me rechazaba.
Se apartaba de mi lado. Poco a poco fui siendo más evidente en su vida. Con el
tiempo nos fuimos tolerando. Hasta terminamos llevándonos muy bien. Cosas de
chicas, como ayudarnos a desenredar los cabellos. Alguna vez hasta nos duchamos
juntas y compartimos cama la noche del huracán Irene.
Soledad era cada vez más cariñosa conmigo,
tanto que llegué a pensar que se estaba enamorando de mí, hasta su voz y la mía
comenzaban a fundirse. Lo del diario me provocó un revoltijo de emociones entre
coraje e impotencia. Sentí ansiedad. Sentí desvanecerme en la habitación. Pasó
una enfermera, abrió la puerta. No me vio.
–Señorita, aquí estoy. Necesito ayuda. ¿Está
sorda?–, fue inútil, me ignoró totalmente.
Creí desmayar. Mi compañera había
transgredido mi intimidad, mis secretos, todo lo que soy. Tanto, que los demás
solo la veían a ella. Tenía que controlarme, hacer una cosa a la vez. Mi diario
no aparecía, como si escribir todos mis dolores me liberara de ellos. Solo estaba
el que ella intentaba reemplazar por el mío. Ajá, escribió en la portada Insomnio sin los paréntesis. Mi diario tenía escrito (In)Somnio. Volví a sentir náuseas. Debía darle una
lección.
¿Te sientes mejor?, me dijo Soledad al regresar en la tarde. Les dije a todos que estabas
indispuesta. Me
acariciaba los cabellos. No podía moverme de la cama. Te ves linda con mi ropa, dijo. Ese vestido es mío, le contesté por
lo bajo, también todo lo que hay en la mochila bajo la cama. ¡Qué pendeja fui!
Ya me había dicho mi madre “nunca le digas al ángel de la muerte que conoces su
secreto, porque ese día te llevará a su reino”. Soledad me escuchaba con esa expresión
de que yo era quien le daba lástima. Hasta que le dije: no seas cabrona, tú
sabes lo que me estás haciendo. El diario, tus palabras no son las mías. Tus
escritos no pueden transformar mi pasado, mucho menos los adjetivos ni los
verbos. Mi caligrafía tampoco te servirá para adueñarte de mi cuerpo. Me odias,
te odio.
–Ana, te crees tan segura, no eres más que
una golfa. Sé lo que eres y lo que pretendes. No te lo permitiré.
Su mirada se transformó, endiablada. Dio un
salto de tigresa sobre mí. Me agarró por los cabellos con tanta fuerza que temí
que me arrancara el cuero cabelludo. Se acostó sobre mí y dijo mírame, mírate, tú no eres nadie, eres
una marioneta de mi propio insomnio. No existes. Eres producto de mi mente, de
mis diarios, y tengo que matarte.
Su mano en mi cuello quemaba. Ese fuego movía
con violencia todos mis recuerdos, dolores, (des)amores y grietas del alma.
Quise escupirla, llorarla y llorarme. Traté de soltarme bajo su cuerpo.
Necesitaba pedir auxilio, pero la confusión paralizaba mis palabras. Además,
Soledad me agarraba cada vez más fuerte por el cuello. Saqué fuerzas y le
grité: “¡Yo existo, soy Ana, la escritora de los diarios, tu compañera de
habitación!”
En la adolescencia pensaba que se podía morir
de amor, de tristeza o hasta de odio. Como cuando mi madre se acostó con mi
novio en el carro, y los vi a través de la ventanita. Hui. Traté de matarme,
pero me trajeron aquí. Escribir me salvaba, escribir las historias mías, las de
todos los que me rodean, la de Soledad. Me odiaba más que a su abuelo que abusó
de ella. Demasiadas muertes escritas en mis manos. Ahora no me quedan palabras
ni tiempo.
–Suéltame, Soledad.
–Tú no existes. Morirás con tus palabras,
diarios y tu maldito insomnio.
Casi podía ver de lejos como Soledad agredía
a Ana, a mí. Nunca pensé que podía morir de mí misma, morir de palabras, así como
muere el tiempo. Ahora tenía la certeza de la Muerte. Esta adquiere la forma de
la palabra que la denomina. Cierro los ojos. Pienso en la palabra muerte. No se
me ocurre otra cosa que morir. Necesitaba escribirlo. Soledad no me dejaba
hablar, y me llamaba por distintos nombres: el suyo, el mío, Elena y no sé quién
más. No me permitía mover las manos. Estaba condenándome al silencio.
–Ana, te amo como lo mejor de mí misma.
Tienes que morir. No me obligarás más. Eres mala. Sal de mí.
Soledad me asfixiaba. Continuaba hablándome con
coraje, con ternura, con toda la locura que la rodeaba. Cuanto más duro me
replicaba, menos podía responderle o pensar. Ya no la escuchaba. Tampoco respiraba.
Me levantó de la cama. Me llevaba agarrada contra su pecho. Luego me agarraba
por los sobacos, alejándome de ella. Era como si en el trayecto, mi peso hubiese
ido desvaneciéndose.
Observé la habitación, mientras ella me iba empujando
hacia la ventana. Tenía una tonalidad violeta. Los sonidos eran huecos. Sentí
un vértigo frío. ¿Cuál es mi nombre? Susurré. Las tonalidades malva, púrpura,
el humo me impedían ver con claridad. Me aterroricé tanto que se me helaba la sangre.
Ahora, solo había una cama en el cuarto, una mesita con una foto de su familia,
la de Soledad, pero la que salía con ellos era mi cuerpo, mi rostro, yo…
¿Qué está ocurriendo? Soledad, por favor, yo
te quiero. Somos compañeras. No me hagas esto. Tú no existes. Soledad me besó la boca y me arrojó contra la
pared. Seguí mirando con terror la habitación. Ninguna de mis cosas estaba allí.
Soledad tomó mi diario, o tal vez el apócrifo que ella escribía. Comenzó a
leer:
“1ro
de agosto. Llevo aquí cinco años, y finalmente el doctor dijo que estaba preparada
para salir los fines de semana. Viví tantos años contigo. El doctor dice que es
una disociación, algo así como la coexistencia de sistemas mentales separados.
Eso es muy técnico. Siempre pensé que Ana existía. Acepto que yo, Soledad, fui
quien quemó la casa del abuelo y otras cosas ocultas en este diario. Ahora lo
veo claro. Ana era mi forma de sentirme segura, independiente. También de
vengarme de quienes me lastiman. Me prometí dejar de deambular en las madrugadas
cuando no podía dormir. He visto cosas terribles. He pintado mis manos de
sangre ajena. Te odio, Ana. Hoy me libero y te saco de mi vida. Yo soy Soledad,
también soy Ana. En este carnaval de silencios he triunfado solamente yo. Este
diario se irá con ella”.
Recuerdo los trazos de nuestra letra, m,
w, la vocal a, perfectas. Las páginas acarician mi caída.
Parecen plumas de un ángel. Ahora viviré por siempre en sus noches de insomnio
fuera del infierno de la locura. Soledad sigue leyendo mientras gateo hacia la ventana.
Me despedí de ella con la mano. Alcancé a decirle: “volveré”. Me arrojé hacia
el vacío. Mi cuerpo caía junto a las páginas que Soledad arrancaba del diario.
A lo lejos la escuché gritarme: “Soy libre”.
Ana María Fuster Lavín
fragmento
novela (In)somnio
http://www.editorialislanegra.com
Etiquetas:
(In)somnio,
Ana Maria Fuster,
Editorial Isla Negra,
novela gótica
jueves, diciembre 07, 2017
historias infantiles 1... Perdidos en el museo
Perdidos en el museo
Personajes:
Diego: niño puertorriqueño de 10 años
Claudia: niña venezolana de 10 años
Juan Luis: niño dominicano de 10 años
Ronaldo: niño de 6 años, que casi no habla
doña Petra: conductora de la guagua escolar, señora mayor
puertorriqueña
Lucas: monitor del campamento, puertorriqueño de 21 años
Acto 1
Todos a
la guagua
Es viernes en la mañana del último día del
campamento de verano. Los niños van rumbo a una excursión en el Museo de Puerto
Rico. Están a bordo de una guagua escolar, escuchando música y conversando.
Diego y Claudia –quien viste un uniforme rosado de fútbol– están sentados en la
primera fila; Juan Luis y Ronaldo, en la segunda.
Detrás de ellos vemos al resto de los niños
del campamento. Estos pueden ser actores de carne o hueso, o estar dibujados en
la escenografía, según sea más conveniente.
Sentado en al asiento lateral de la guagua,
se encuentra Lucas, el monitor. A su lado, doña Petra conduce el vehículo. Se
escucha la interminable cháchara de una estación de chismes.
Juan Luis: Doña Petra, tanto chisme me va a dar una
sirimba. ¿Por qué no pone una emisora de bachatas? (Se pone a cantar como Romeo Santos.) “No sé si has cambiado de opinión
y no te vas. Si tu vuelo de las tres cancelaras…”.
Lucas: Jóvenes, tenemos
un cantante en el grupo. (Todos ríen.)
Claudia: Este chamo de
cantante, no creo. Si acaso será pelotero.
Diego: Mira, y que
bachata... Yo prefiero el reguetón o una salsa vieja, como esas de Bobby
Valentín que le gustan a Mami: “Fuego a la jicotea, para que
suelte a Dorotea...”.
Doña
Petra:
(Desde su asiento de conductora, con voz
de locutor.) Directo a los Premios Lo Nuestro, pero del ayer.
Claudia: O como Oscar
D’León, dale.
(La niña se
para en el pasillo de la guagua y comienza a bailar salsa. Los demás ríen. Doña
Petra sube la radio con su emisora de chismes).
Lucas: (Se ríe.) Nena, ni que tuvieras cincuenta
años, con esa salsa vieja… Y ahora vuelve a tu asiento o doña Petra nos va a
torturar con sus bochinches. (Doña Petra
le guiña un ojo y sintoniza una emisora de música moderna.)
Juan
Luis:
Pues yo de pelotero no tengo ni un chininín. Allá tú, que te crees futbolista.
Claudia: ¡Vale, chamo! Soy
la portera de mi equipo.
Juan
Luis:
Yo de balompié solo sé de los mundiales… Lo mío es cantar, nada de pelota.
Estoy en el coro de mi escuela; canto ópera, merengue y bachata. (Ronaldo le hace una señal de "pulgares
arriba" y sonríe.) ¿Verdad que sí, mi chichí? (El niñito asiente con la cabeza, en silencio.)
Diego: (En tono de broma.) Oh, oh, Juan Luis se
picó. ¡Canta, que nadie te calle! Y tú, nena, con uniforme, tenis y guantes
rosita. ¿Quién eres? ¡¿La portera rosada?!
Juan
Luis:
¿O la pantera rosada? (Se pone de pie y
tararea la melodía de La Pantera Rosada. Todos ríen.)
Claudia: (Le saca la lengua a Juan Luis y le da un
empujón que lo hace sentarse.) Yo los dejo, voy a echarme un camarón. (Se recuesta sobre su mochila y cierra los
ojos.)
Diego: ¿Un camarón? Pero
si merendamos hace poco…
Lucas: (Se ríe.) ¡Ay, Diego! Eso es una siesta,
en Venezuela.
Juan
Luis: ¿Como
echarse una pavita? Buena idea. (Juan
Luis también se recuesta sobre su mochila y cierra los ojos.)
Diego: Estos son más
dormilones que...
(El sonido de
un fuerte frenazo interrumpe a Diego. Todos se asustan. Claudia y Juan Luis
abren los ojos, sobresaltados.)
Doña
Petra:
(Enojada.) ¡Aquella por poco me
choca! ¿No vio la luz roja?
Lucas: (Haciéndoles una señal a los niños de que
todo está en orden.) Llegamos, niños. Bajen con cuidado.
Ronaldo: (Grita.) ¡Goooool! (Los tres niños lo miran sorprendidos.)
Diego, Claudia y
Juan Luis: (A la vez.)
¡¿Hablaste?!
Acto 2
Perdidos en el museo
(En el museo, unos se retratan y otros miran
las esculturas. Diego, Claudia, Juan Luis y Ronaldo se apartan del grupo.)
Escena 1
(Por un pasillo del museo.)
Juan Luis: (Señalando al
final del pasillo.) ¿Vieron aquella foto?
Diego: ¡Está nítida!
Juan Luis: Oh, pero parece un
gigante en la playa de Macao, en Punta Cana.
Diego: Qué va, chico, ese el faro de Cabo Rojo desde playa
Sucia.
Claudia: Los dos se equivocan. Es una foto de Río de
Janeiro, en Brasil.
Ronaldo: (Muy
emocionado.) ¡Sí!
Juan Luis: Ahora resulta que Ronaldo es un sabihondo.
(Ronaldo señala un letrero y se pone a
caminar muy rápido.)
Juan Luis: (Leyendo lo
que señaló el pequeño.) Tienes razón, Claudia. Es una exposición de fotos
de Brasil. Oye, Ronaldo, más despacio.
(Los tres niños lo siguen, ojeando las fotos.)
Claudia: ¿Dónde están los demás? Creo que nos confundimos de
pasillo.
(Ronaldo se
encoge de hombros con expresión de que no sabe y señala una puerta.)
Diego:
Eso, Ronaldo, a lo mejor allí están las escaleras. Busquemos cómo salir de
aquí.
(Abren la
puerta y entran. Se oye un gran ruido tras ellos y no la pueden abrir.)
Escena 2
(Los niños
están en un cuarto lleno de marcos de cuadro vacíos y escobas, entre otras
cosas. Intentan abrir la puerta, pero no pueden.)
Diego:
Nos quedamos trancados. Ahora sí que nos chavamos.
Claudia:
Voy a curucutear por ahí, a ver con qué podemos abrir la puerta.
Diego:
¿Que te vas a descocotar por ahí?
Juan
Luis: Qué pariguayo eres, Diego. Ella quiso decir que
va a rebuscar por ahí.
Claudia:
Vengan, ayúdenme.
(Después de
un rato de rebuscar entre los trastos, los cuatro comprueban que no hay nada
con qué abrir la puerta, y se sientan en el piso.)
Diego:
Estoy esmayao. Me comería una
alcapurria de jueyes y un plato de carne frita con mofongo, como el que hace
abuela Tita, allá en Luquillo.
Juan
Luis: Y yo, un mangú con salami y huevo. Y si tuviera
más cheles, (Moviendo los dedos como si
tuviera dinero.) me comería una bandera; o sea, arroz, habichuelas y carne.
Diego:
Aquí la bandera es una mixta. Ay, ¡qué hambre!
Ronaldo:
Mmmm... (Se frota la barriga.)
Claudia:
Pues para mí, unas hallacas rellenas o un pabellón.
Juan
Luis: ¿¡Un pabellón completo!? Eso sería como tragarse
un elefante. (Se ríe.) Quien lo diría
de una niña tan flaquita.
Claudia: (Riendo) No seas loco, Juan Luis. El
pabellón es un plato venezolano con carne mechada, plátano frito, arroz blanco
y caraotas negras. Caraotas son habichuelas para los boricuas, y frijoles para
los quisqueyanos.
Ronaldo:
Mmmm, arroz com feijão... (Lo dice tan bajo que nadie lo escucha.)
Claudia:
¿Qué dijiste?
Ronaldo:
Nada, nada...
Claudia:
Pues ya hemos compartido las comidas de nuestros países. ¿Y de postre?
Juan
Luis, Diego y Claudia: ¡Helado de coco!
Ronaldo:
¡Sí!
(Se oyen
golpes al otro lado de la puerta. Los niños se levantan y gritan felizmente.)
Lucas: (Desde el otro lado de la puerta.) Creo
que los encontré... ¿Claudia, Diego, Juan Luis, son ustedes?
Los
cuatro niños: ¡Sí!
Lucas:
¿Está el nene con ustedes?
Los
cuatro niños: ¡Sí!
(Se abre la
puerta. Lucas entra a escena.)
Lucas:
(Con una mezcla de coraje y alivio.)
Si les cuento al director del campamento y a sus padres, van a estar castigados
hasta que cumplan los 21 años....
Ronaldo:
(Con cara de culpable.) Desculpe, Lucas, a culpa é minha.
Juan Luis: Oh, ¿pero tú
hablas portugués?
Ronaldo: (Sonriendo.) Eu sou do Brasil.
Diego:
¡Qué chévere!
Claudia:
¡Qué arrecho!
Juan
Luis: ¡Qué sorpresa!
Lucas:
¿No lo sabían? Él es el hijo de Pauliño, nuestro entrenador de balompié. Vamos, que nos
espera la guagua.
(Salen.)
Acto 3
Juegos y despedidas
(Un poco más tarde, han regresado al parque
del campamento. Claudia, Diego, Juan Luis y Ronaldo hablan con Lucas. Los demás
niños juegan o conversan entre ellos.)
Lucas: Ustedes tres, digo cuatro, han sido mis
mejores amigos. Pero también los chicos más traviesos. ¡Cuántas aventuras les
contaran a sus compañeros de escuela cuando empiecen las clase!
Diego: ¡La escuela! Ya la dañaste, pana. Pero eres
el mejor. (Le choca la mano.)
Claudia: (También
choca la mano de Lucas.) Como nuestro hermano mayor. Pero no nos vamos a
despedir para siempre. (A Ronaldo.)
Le diré a Mami que me cambie a tu club de balompié. ¿Te gustaría? (Le acaricia la cabeza.)
Ronaldo: Com
meu papai. Goooool!
Diego: Te enseñaremos español, pero nada de
balompié. ¡A jugar baloncesto!, que eso es lo mío. Seremos como José Juan
Barea, echándola de güirita… (Da giros
como si jugara baloncesto.)
Ronaldo: (Tímidamente.)
Falo um pouco mal el español. Me da vergonha.
Lucas: Es que llegó de Brasil hace seis meses. Pero
está aprendiendo rapidísimo.
Juan Luis: Yo te enseñaré español cantando canciones de
Juan Luis Guerra en mi karaoke. Ese tíguere sí que canta: (Entona un pedacito de Bachata en Fukuoka, de
Juan Luis Guerra.) “Dile a
la mañana que se acerca mi sueño, que lo que se espera con paciencia se logra…”
Lucas: Y el Grammy es para…
(Todos ríen, menos Claudia.)
Claudia: Bueno, chamos, ha llegado la hora de decir
adiós. (Abre los brazos para que la
abracen.)
Diego: (Abraza
a Claudia, emocionado.) Los amo, mis panas… Los voy a extrañar.
Juan Luis: (Su
suma al abrazo, casi llorando.) Yo
no quiero despedirme.
Ronaldo: ¡Los quiero muito! (Los tres niños lo
abrazan.)
Lucas: ¡Ah, no, no! No se me pongan como magdalenas
boricuas, dominicanas y venezolanas, más un lloroncito brasileño. Si se ponen
mocosos, el año que viene no dejaré que se matriculen en este campamento. Todos
a jugar, que ya mismo llegan sus padres. Y tú, Ronaldo, ven conmigo, que tu
papa te espera en la oficina. (Toma al
pequeño de la mano y salen.)
(Diego, Claudia y Juan Luis dejan de
abrazarse y se sonríen con timidez. Permanecen un segundo sin saber qué hacer
hasta que Diego grita...)
Diego: El último, ¡piña!
(Los tres salen de escena corriendo y gritando
a viva voz.)
Fin
Ana María Fuster Lavín
puertorriqueña
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