martes, enero 10, 2006

Carta con letras en la arena


San Juan, Puerto Rico
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Revista Domingo, El Nuevo Día



Carta con letras en la arena
Por Ana María Fuster
escritora puertorriqueña

Domingo, 8 de Enero de 2006


A mi hijo

Hoy vi cómo escribías tu nombre por primera vez en la arena, a un mes de tu debut triunfal como escribiente. Llegó una ola, borró parte de tus letras y lloraste, como quien pierde un sueño, la identidad también puede ser efímera, su conservación depende de uno mismo y su esfuerzo, si no mira el país en que vivimos. También a ti se te pasó rápido la rabia y frustración. Luego jugaste con tus marcianitos de plástico y te quedaste dormido, muy calmado. No puedo evitar conmoverme al ver tus ojitos cerrados, tus rizos de arena sobre la almohada y tu boca abierta y relajada, en esa paz apalabrada y pura que vamos perdiendo con los años y pienso...

¿Qué mundo te encontrarás? Y quisiera asegurarte que estarás orgulloso de vivir aquí. ¿En casa, mamá? Aquí vivimos Miguel, mamá, Tommy y Cuca, pronto Pedro y… No hijo, no me refiero a nosotros, al perro y al periquito, me refiero a esta Isla llena de contradicciones (hay estadistas criollos, católicos protestantes, hasta las locuras de tu madre: agnóstica, pero te matricula en un colegio católico, encima hoy cantaste aleluya en el carro y se me erizó la piel, al menos era el de Handel), una nación con habitantes aún más confundidos, peor aún que nos vanagloriamos de la ignorancia y nos bañamos en la basura, física y existencial, teniendo unas playas tan bestiales como seres visionarios...

Sí, duerme… Las letras sobre la arena se borran, pero siempre podemos volar lejos. El problema es no dejarse desplumar, desalar, ni tampoco dejarse sumergir en el insomnio de la apatía. Tienes cuatro años, mi cielo, y sonríes feliz cuando vas a tu escuela, mamá, azul y rojo hacen violeta, me lo enseñó maestra Elvira. Violeta es un hermoso color, en la magia celta simboliza la pasión y el intelecto, pero en nuestro país eso de mezclar el azul y el rojo produce un color monocromático que hipnotiza a muchos y les roba los sueños. Mi niño, tu prisma es el amor y la pureza del alma. Parece que los adultos hemos establecido nuestra cueva en un lugar donde se respira en colores primarios, sin dar permiso a las gradaciones, a toda la gama de posibilidades, como resultado un canibalismo multicolor, espero, mi niño, que cuando alcances la mayoría de edad Puerto Rico no sea todo en blanco y negro, y todos hayamos quedado mudos.

Escucho la lluvia mientras descansas, y sigo escribiéndote para que entiendas que la identidad es importante, sin necesidad de criollismos pasados de moda e igualmente represivos, si no orgullo de ser, de tu tierra y sus costumbres, las viejas y las nuevas, el arte, la palabra, la vida. Tu nombre pudo borrarse en la arena, no llores, lo escribirás con letras de eternidad si te lo propones. Hola, soy Miguel, ¿y tú? Les dices a muchas personas que vas seleccionando con algún mítico patrón de duende boricua y me sonrío. Y quisiera decirles a todos, hola soy poeta, y mi pana hola soy músico, hola soy periodista, hola soy editor y así, así, sonamos idiotas, porque nos avergonzamos de nuestra esencia. Mi peque, sí, hablamos puertorriqueño y podemos inventarnos nuestro propio destino, en un país donde el horizonte parece haberse escondido bajo un baúl y siete candados perdiendo hasta el sexto sentido, pero dos más dos sigue siendo cuatro.

Acaricio tus rizos y ronroneas como gatito dándote vuelta en la cama, hoy volvieron a cancelar un programa de cultura en la televisión, como le hicieron a Abelardo Díaz Alfaro, a Rey Francisco Quiñones y qué se yo a cuantos escritores, poetas encarcelados por soñar su propio Canto a la locura en esos temibles años azules, otros rojos, quizás negros, cómo nos han pisoteado la palabra, la música, los colores, ojalá sueñes en violeta, en verde, en amarillo, en anaranjado en todas las variantes del alma, de la ternura, de la lucha, del amor, de la vida y la muerte.

¿Mamá de qué color es mi nombre? Maestra Elvira dijo que el nombre es del color de la crayola. Te besé y contesté te quiero Miguel. What’s in a name? (no, no me pondré shakesperiana). Y es así, mi piqui, en esta bendita Isla en que vivimos -que ya describiré en otras cartas- hemos aprendido a encasillar a las personas por tantas cosas, la mayoría frívolas pero sin estudiar los méritos y su esencia, una persona no vale porque es popular, o independentista, o si te gustan las mujeres o los hombres, o qué se yo. ¿Qué se puede esperar en un lugar donde se pueden vender los principios o la identidad, esperando que lluevan papeles verdes? Según avancen los años de cuatro en cuatro me irás entendiendo.

Sigue durmiendo, y te cantaré una nana sin la televisión de fondo, sin derechos reservados, sin importar nuestras preferencias políticas, porque vivimos en una Isla que naufraga en su propia apatía social, en el menosprecio institucional por la cultura, en la hipocresía sin identidad. Mamá, ¿con quién hablas? Me preguntas cuando telefoneaba por la tarde a un poeta y tratábamos de arreglar el mundo en cinco minutos de conversación, o cuando hablo con mi compañero para vivir el sueño del amor. Mamá, quiero chocolate, no me interrumpas, quiero chocolate, y al final me di cuenta de que las necesidades urgentes dependen también de la ternura, de cómo se negocie. Te quiero mamá, y te fuiste con tu chocolate y yo retomé esa conversación, pero nadie más nos escuchaba, ese es otro problema.

Lo sé, mi niño, ahora comienzas a escribir, a pintar, y yo -tan cabezota- contándote cosas que aún no puedes comprender, lamentablemente muchos adultos tampoco, otros lo saben pero no les importa y a otros lo que les importa es que nadie lo entienda. Tienes cuatro años y sonríes en tus sueños y quizás recuerdas a tu maestra y el verde, azul, rojo, violeta, anaranjado… Mejor sigue soñando a colores, todos, que no se te escape ni uno.

Ana María Fuster Lavín

La autora es poeta y narradora puertorriqueña. Ha publicado los libros de cuentos Verdades Caprichosas (2001) y Réquiem (Isla Negra, 2005), entre otros.



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