El
diario de Ana
o despertar del insomnio
Entre las sombras el
humo y la danza
entre las sombras lo
negro y yo.
Alejandra Pizarnik
Dicen que me suicidé. Nunca pensé que podía morir
de mí misma. En realidad desperté de un largo insomnio. Me liberé de la sangre
ajena y sus memorias, del infierno y la locura que me habitaban. Fueron cinco años
confinada en mi mundo interior y en el de mis compañeros. Pese a lo que la
mayoría piense, la terapia de grupo me angustia. Detestaba salir con ellos. Era
como pasear sin destino junto a sus sombras.
–Mi mamá encontró las pastillas para
mantenerme despierta. Las echó por el inodoro y me sermoneó un mes. Tuve que
recurrir a pellizcarme o darme pequeños cortes con una cuchilla. El día que vio
las cicatrices en mis muslos y brazos decidió internarme aquí. Le dije que era
para sentir algo, para no dormir. El doctor dijo que, entre otras condiciones,
sufro de narcolepsia.
--Soledad, así estamos todos. Lo resuelven
todo con sus términos científicos. Mi padre me golpeó un día que me vio
llorando y le confesé que amaba al papá de mi mejor amigo. Me dio tan y tan
fuerte, me gritaba pato y enfermo. Esa noche me corté las venas.
–Hoy no quiero hablar. Los escuchaba a todos,
pero a la mayoría no podía verlos. Luego regresábamos a nuestras habitaciones.
Sí, podía ver a Soledad, mi compañera de cuarto, que casi siempre me provocaba
claustrofobia. Aparentemente sufría de algún trastorno disociativo. Los
medicamentos también la habían convertido en espectro durmiente. Éramos sombras
fragmentadas, todos estábamos trastornados. En fin, somos penumbras. Y yo era
una en busca de la libertad.
Muchas madrugadas, mientras Soledad dormía, me
escapaba un rato del siquiátrico. Me robaba por unas horas la bicicleta de la
amante del guardia de seguridad. Sabía que ellos bebían y hacían el amor de 2 a
5 de la madrugada. Tenía un buen rato para mí. En esas horas antes del amanecer,
las calles son un festival silencioso. Los amantes buscan rincones para
degustar sus hormonas. Los adictos, igualmente, buscan sus placeres más
oscuros. Todos se esconden en sus secretos a mi paso. Carros furtivos, jóvenes
regresando de sus bohemias etílicas.
Caminaba varias cuadras. Observaba. No
pensaba. No sentía. Solo fluir. Así olvidaba. Podía olvidar hasta lo hecho
durante mi trayecto. Mi mente viajaba. Luego entraba en una cafetería
dominicana abierta las veinticuatro horas. Pedía unas tostadas y un café cargado
(en el hospital solo nos lo dan en el desayuno). Me sentaba a escribir unos
minutos, no más de media hora. El insomnio es mal compañero, pero provee la intimidad
necesaria para escribir. La palabra medica mis decisiones. Por eso, cargaba
siempre con mi diario de meditaciones. Tenía dos diarios, éste y uno en el que
escribía sobre mi vida pasada, para no olvidar. Así espantaba mis fantasías, delirios,
pesadillas que podían tornarse tan reales.
Luego regresaba pedaleando rápido. Dejaba la bicicleta.
Entraba silenciosa al pabellón. En ocasiones, escuchaba ruidos en habitaciones.
Unos ríen, otros lloran, insultan, hacen el amor. Eso, si no se tomaban sus
medicamentos para olvidar. Llegaba a mi habitación de puntitas, para que
Soledad no despertara.
–Soledad es hora del desayuno, –dijo la
enfermera asomándose por la puerta.
No se dirigió a mí, en estos días ella no me
hablaba. Así es ella, podía ser cariñosa como odiosa, abacorar unas veces,
otras ignorar.
–Voy, ahora, contestó Soledad, con la voz
todavía anestesiada por los medicamentos.
Ana, hoy no tengo ganas de ti. No me
sigas. No la seguí. Ese fue el
día de mi muerte. No encontré mi diario íntimo, en el que escribía de mi vida
pasada. Soledad ya se había ido a desayunar. No salí de la habitación. Aproveché
para rebuscar entre sus cosas. Sabía que algo no estaba bien y que ella estaba
detrás de eso.
Descubrí que Soledad había estado practicando
mi letra. Ese trazo redondo, mi forma en que la m y la w lucen casi iguales. Mi s cerradita. El casi imperceptible rabito de la a.
Era tan increíble el parecido. Si no fuese porque estaba en tinta violeta, casi
hubiese pensado que era escrito por mí. Nunca escribo en color violeta. Ese
color me provoca pesadillas y ataques de ansiedad. Tengo que escribir. Cada
palabra responde a una realidad. Como si la ciencia de cada sonido, letra, le correspondiera
al objeto nombrado.
Seguí buscando hasta que encontré en una
mochila bajo su cama. Allí había escondido cosas mías: unos pantis de encajes, un sostén rojo, el vestido de
flores, aquel libro de las Obras
completas de Girondo. Además, había
un diario casi igual al mío pero cargado de historias de otras mujeres y
situaciones terribles. Ese no me pertenecía, definitivamente no podía ser mío.
Lo comencé a hojear. Hablaba de cuánto me odiaba. “Ana es un monstruo.” Me
acusaba de pirómana, de asesina, de depravada, de aterrorizarla. Decía que odiaba
en mí, esa parte de ella que le provocaba insomnio.
¿Insomnio? Soledad siempre duerme bien, pensé.
¿Por qué ella inventaba cosas tan terribles de mí? Pretendía acusarme de sus pesadillas.
¿Cómo confrontarla? Sentí un miedo que me helaba.
Las últimas semanas Soledad estaba tratando
de convertirse en mí. Al principio creí que solo trataba de ser mi amiga. Cuando
llegué al sanatorio, ella me ignoraba. Me trataba como si no me viera. Me rechazaba.
Se apartaba de mi lado. Poco a poco fui siendo más evidente en su vida. Con el
tiempo nos fuimos tolerando. Hasta terminamos llevándonos muy bien. Cosas de
chicas, como ayudarnos a desenredar los cabellos. Alguna vez hasta nos duchamos
juntas y compartimos cama la noche del huracán Irene.
Soledad era cada vez más cariñosa conmigo,
tanto que llegué a pensar que se estaba enamorando de mí, hasta su voz y la mía
comenzaban a fundirse. Lo del diario me provocó un revoltijo de emociones entre
coraje e impotencia. Sentí ansiedad. Sentí desvanecerme en la habitación. Pasó
una enfermera, abrió la puerta. No me vio.
–Señorita, aquí estoy. Necesito ayuda. ¿Está
sorda?–, fue inútil, me ignoró totalmente.
Creí desmayar. Mi compañera había
transgredido mi intimidad, mis secretos, todo lo que soy. Tanto, que los demás
solo la veían a ella. Tenía que controlarme, hacer una cosa a la vez. Mi diario
no aparecía, como si escribir todos mis dolores me liberara de ellos. Solo estaba
el que ella intentaba reemplazar por el mío. Ajá, escribió en la portada Insomnio sin los paréntesis. Mi diario tenía escrito (In)Somnio. Volví a sentir náuseas. Debía darle una
lección.
¿Te sientes mejor?, me dijo Soledad al regresar en la tarde. Les dije a todos que estabas
indispuesta. Me
acariciaba los cabellos. No podía moverme de la cama. Te ves linda con mi ropa, dijo. Ese vestido es mío, le contesté por
lo bajo, también todo lo que hay en la mochila bajo la cama. ¡Qué pendeja fui!
Ya me había dicho mi madre “nunca le digas al ángel de la muerte que conoces su
secreto, porque ese día te llevará a su reino”. Soledad me escuchaba con esa expresión
de que yo era quien le daba lástima. Hasta que le dije: no seas cabrona, tú
sabes lo que me estás haciendo. El diario, tus palabras no son las mías. Tus
escritos no pueden transformar mi pasado, mucho menos los adjetivos ni los
verbos. Mi caligrafía tampoco te servirá para adueñarte de mi cuerpo. Me odias,
te odio.
–Ana, te crees tan segura, no eres más que
una golfa. Sé lo que eres y lo que pretendes. No te lo permitiré.
Su mirada se transformó, endiablada. Dio un
salto de tigresa sobre mí. Me agarró por los cabellos con tanta fuerza que temí
que me arrancara el cuero cabelludo. Se acostó sobre mí y dijo mírame, mírate, tú no eres nadie, eres
una marioneta de mi propio insomnio. No existes. Eres producto de mi mente, de
mis diarios, y tengo que matarte.
Su mano en mi cuello quemaba. Ese fuego movía
con violencia todos mis recuerdos, dolores, (des)amores y grietas del alma.
Quise escupirla, llorarla y llorarme. Traté de soltarme bajo su cuerpo.
Necesitaba pedir auxilio, pero la confusión paralizaba mis palabras. Además,
Soledad me agarraba cada vez más fuerte por el cuello. Saqué fuerzas y le
grité: “¡Yo existo, soy Ana, la escritora de los diarios, tu compañera de
habitación!”
En la adolescencia pensaba que se podía morir
de amor, de tristeza o hasta de odio. Como cuando mi madre se acostó con mi
novio en el carro, y los vi a través de la ventanita. Hui. Traté de matarme,
pero me trajeron aquí. Escribir me salvaba, escribir las historias mías, las de
todos los que me rodean, la de Soledad. Me odiaba más que a su abuelo que abusó
de ella. Demasiadas muertes escritas en mis manos. Ahora no me quedan palabras
ni tiempo.
–Suéltame, Soledad.
–Tú no existes. Morirás con tus palabras,
diarios y tu maldito insomnio.
Casi podía ver de lejos como Soledad agredía
a Ana, a mí. Nunca pensé que podía morir de mí misma, morir de palabras, así como
muere el tiempo. Ahora tenía la certeza de la Muerte. Esta adquiere la forma de
la palabra que la denomina. Cierro los ojos. Pienso en la palabra muerte. No se
me ocurre otra cosa que morir. Necesitaba escribirlo. Soledad no me dejaba
hablar, y me llamaba por distintos nombres: el suyo, el mío, Elena y no sé quién
más. No me permitía mover las manos. Estaba condenándome al silencio.
–Ana, te amo como lo mejor de mí misma.
Tienes que morir. No me obligarás más. Eres mala. Sal de mí.
Soledad me asfixiaba. Continuaba hablándome con
coraje, con ternura, con toda la locura que la rodeaba. Cuanto más duro me
replicaba, menos podía responderle o pensar. Ya no la escuchaba. Tampoco respiraba.
Me levantó de la cama. Me llevaba agarrada contra su pecho. Luego me agarraba
por los sobacos, alejándome de ella. Era como si en el trayecto, mi peso hubiese
ido desvaneciéndose.
Observé la habitación, mientras ella me iba empujando
hacia la ventana. Tenía una tonalidad violeta. Los sonidos eran huecos. Sentí
un vértigo frío. ¿Cuál es mi nombre? Susurré. Las tonalidades malva, púrpura,
el humo me impedían ver con claridad. Me aterroricé tanto que se me helaba la sangre.
Ahora, solo había una cama en el cuarto, una mesita con una foto de su familia,
la de Soledad, pero la que salía con ellos era mi cuerpo, mi rostro, yo…
¿Qué está ocurriendo? Soledad, por favor, yo
te quiero. Somos compañeras. No me hagas esto. Tú no existes. Soledad me besó la boca y me arrojó contra la
pared. Seguí mirando con terror la habitación. Ninguna de mis cosas estaba allí.
Soledad tomó mi diario, o tal vez el apócrifo que ella escribía. Comenzó a
leer:
“1ro
de agosto. Llevo aquí cinco años, y finalmente el doctor dijo que estaba preparada
para salir los fines de semana. Viví tantos años contigo. El doctor dice que es
una disociación, algo así como la coexistencia de sistemas mentales separados.
Eso es muy técnico. Siempre pensé que Ana existía. Acepto que yo, Soledad, fui
quien quemó la casa del abuelo y otras cosas ocultas en este diario. Ahora lo
veo claro. Ana era mi forma de sentirme segura, independiente. También de
vengarme de quienes me lastiman. Me prometí dejar de deambular en las madrugadas
cuando no podía dormir. He visto cosas terribles. He pintado mis manos de
sangre ajena. Te odio, Ana. Hoy me libero y te saco de mi vida. Yo soy Soledad,
también soy Ana. En este carnaval de silencios he triunfado solamente yo. Este
diario se irá con ella”.
Recuerdo los trazos de nuestra letra, m,
w, la vocal a, perfectas. Las páginas acarician mi caída.
Parecen plumas de un ángel. Ahora viviré por siempre en sus noches de insomnio
fuera del infierno de la locura. Soledad sigue leyendo mientras gateo hacia la ventana.
Me despedí de ella con la mano. Alcancé a decirle: “volveré”. Me arrojé hacia
el vacío. Mi cuerpo caía junto a las páginas que Soledad arrancaba del diario.
A lo lejos la escuché gritarme: “Soy libre”.
Ana María Fuster Lavín
fragmento
novela (In)somnio
http://www.editorialislanegra.com
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