La
cama tiembla sombras. No me atrevo a mirar el reloj. Miro al techo y el
silencio besa mi frente, mientras me hundo en la almohada. Siento una caricia
en los pies, pero no veo a nadie. La cama vuelve a temblar. Faltan algunas
horas para amanecer. Cierro los ojos. La caricia regresa ahora a mis
piernas, suave sigue hacia las rodillas, llega a mi pubis y jugamos un rato a
los manantiales. Abro los ojos no hay nadie. El deseo inconcluso puede más que
el miedo y me toco despacio en pequeños círculos. La cama tiembla de nuevo y me
asomo debajo de esta. La mirada de una sombra extiende su brazo hacia mí. No lo
pienso, solo me arrastro hacia ella. Bajo la cama, se abre un abismo en el que
caigo junto a la sombra al compás del vértigo. Nos besamos, caemos. Nos
acariciamos y bebemos los sexos, caemos. La sombra entra en mí, entro en la
sombra y somos de un cuerpo una sombra, que cae lentamente en espirales. Finalmente,
nos llovemos hasta llegar al fondo convertidos en fluidos. Todo se detiene. El
silencio me besa. Despierto.
Ana María Fuster Lavín
del libro inédito
Carnaval de Sangre
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