martes, enero 05, 2010

Resumé para la inmortalidad... por ANA LYDIA VEGA

05-Enero-2010 ANA LYDIA VEGA
ESCRITORA
Resumé para la inmortalidad


Alcanzar los ochenta años –edad que sobrepasa el promedio de la esperanza de vida en Occidente– es sin duda una hazaña festejable. Haber burlado el acecho de La Pelona durante un período tan prolongado exige, si no una constitución férrea, una suerte dorada.
Paradójicamente, lo que sería una bendición para el grueso de la humanidad representa un peligro mortal para los artistas, y en particular para los escritores. A juzgar por los numerosos ejemplos que ofrece la historia, estirar la pata a edad respetable conlleva serios riesgos para la carrera póstuma de un creador.

Así es la cosa. A mayor distancia entre la fecha de nacimiento y la fecha de defunción, menores las posibilidades de supervivencia en la memoria colectiva. Suena a sacrilegio, pero resulta innegable que la muerte prematura confiere un cierto glamour al difunto más ordinario. Y si además la rodean circunstancias sórdidas, épicas o trágicas, no habrá quien le deniegue a ese cadáver exquisito los laureles de la notoriedad.

Lord Byron, divo principalísimo del romanticismo británico, supo dar con la fórmula perfecta para un resonante éxito de ultratumba. Sus escándalos sexuales le valieron la censura y el exilio. Su participación en la guerra de independencia griega lo elevó al rango de héroe libertario. Su dramática despedida a los treinta y seis en un pantano abyecto de Misolongui lo ascendió a la categoría de mártir. Todavía hoy, clubes de fans, páginas web, libros y películas se encargan de perpetuar su biografía fascinante.

Los males incurables y los vicios tenaces ejercen una seducción duradera. En siglos pasados, la tuberculosis, la sífilis y el consumo de opio y ajenjo llevaron al estrellato posmórtem a un sinnúmero de escritores condenados al ostracismo social. En nuestra época, un deceso repentino –accidentes aéreos, choques automovilísticos, infartos adelantados– acredita ipso facto al candidato. La locura galopante también cualifica. Un irónico giro del destino transfoma la miseria humana en material consagratorio.

Por razones desconocidas –afirma James Kaufman en un artículo publicado en la revista “Death Studies”-, los poetas suelen morir antes que otros escritores. La fama precoz, las expectativas frustradas, la alta incidencia de enfermedades mentales y de suicidios podrían explicar, según el estudio, su temprana desaparición. Espinoso oficio el de los versificadores, cuya celebridad es regalo de la muerte.

En cambio, el escritor de existencia sosegada, aquel que se jubila de un empleo fijo y paga puntualmente cuentas y contribuciones, tiene pocas probabilidades de criar leyenda. La ancianidad -sumada a la discreción en materia de travesuras carnales y aventuras tóxicas- lo relegará a las filas de los ciudadanos comunes y corrientes. El ejercicio sostenido de la pluma expondrá sin piedad la fatiga progresiva de su musa. Morir hecho un patriarca de bibliografía considerable y, para colmo en su propia cama, es de un aburrimiento que la posteridad no está dispuesta a perdonar.

Múltiples vejaciones aguardan al sufrido sobreviviente. Los autores debutantes– aquéllos que todavía pueden albergar la ilusión de no llegar a viejos– aprovecharán la longevidad del veterano para acusarlo de monopolio editorial. Si encima recibe premios y homenajes, despertará la furia generacional. Algunos nuevos pinos reclamarán con urgencia su retiro definitivo. Otros, más taimados, se autodesignarán sus herederos.

Ninguna de esas majaderías perturba la paz del que fallece a tiempo. Como el del vampiro, el rostro del muerto joven permanecerá eternamente lozano. No habrá jamás exhibits fotográficos de arrugas, mechones delatores de canas, ni vídeos embarazosos que evidencien una chochera fatal.

Como Santiago Vidarte, aquel bardo boricua que exhaló el último suspiro a los veinte, su obra conservará intacta la promesa del genio malogrado. La trayectoria abruptamente interrumpida del finado provocará sesudas especulaciones sobre los prodigios que, de haber cumplido los cincuenta, hubiera podido generar.

Lo que la vida arrebata parece concederlo la muerte. Peregrinaciones a cementerios y excursiones a lugares asociados con el ídolo fallecido alimentarán la pasión de los “groupies” literarios. Desde las brumas del más allá, los santos laicos de ese culto atemporal habrán logrado su máxima proeza: convertirse en su mejor personaje.

http://www.elnuevodia.com/columna/655622/

2 comentarios:

Anónimo dijo...

...en realidad, este CV/resume le aplica a cualquier mortal envuelto en casi que cualquier quehacer creativo. Cuando la ciencia se empeno en estirar los anos de vida del ser humano, no considero o tomo en cuenta la nuestra natural capacidad (o incapacidad) para aguantarle 60 anos-plus de vida productiva de un paisano/a sin desear matarlo en vida (porque nos gana el aburrimiento y/o nuestra empobrecida capacidad de atencion)...

En fin, que ya que no nos fue colsultado la fecha que nos toco nacer, no puedo evitar desear que no se criminalizara el derecho a por lo menos escoger la fecha que nos apeteciera dignamente morir. Al fin y al cabo, es una situacion win-win para todos...

Su Magnifica!!!
LiSA :)

Sofía Cáceres Nazario dijo...

Excelente reseña.