miércoles, febrero 14, 2007

Un dia cualquiera parte 3 - Awilda Castro...


Sábados de corbata

Por Awilda I. Castro Suárez

Mi abuela siempre me hace acostarme temprano los viernes. Mientras ella plancha mi traje de salir yo veo televisión. El gabán ya casi no me sirve y me es bien difícil pegar los brazos a mi cuerpo pero la Abu dice que cuando uno visita a las mujeres debe ir con saco y corbata. Ella me enseñó a hacerle el nudo a la corbata, a veces no me sale bien y ella me ayuda. Yo le he pedido a Papá Dios que quiero ser como los niños normales, poder ir a jugar béisbol al parque con los amigos y tener una mamá joven y hermosa, a la cual mis amiguitos miren por lo guapa que es. Pero Papá Dios tiene mucho trabajo con los niños africanos, los pobrecitos se están muriendo de hambre. La abuela me da un beso en la frente luego de arroparme. Siempre huele a alcoholado pero ya me he acostumbrado al olor de los viejitos. Ella dice que un olor a rancio porque todos desde que nacemos nos estamos muriendo; unos antes, otros después pero siempre nos estamos muriendo y cada día nos hacemos más viejos. Yo no sé, yo aún no tengo arrugas y por más que me miro el pelo no me veo las canas. Tal vez es que tengo cáncer y me estoy muriendo de a poco, como mi abuelo, todavía me falta para ser viejito. Yo pienso en todas esas cosas antes de dormir, aún cuando la abuela está roncando en el cuarto contiguo. Bendito, la pobre parece un auto descompuesto pero es muy dulce.

La abuela me levanta. Me desarropa y hace que me lave las orejas para que luego no digan que soy un cochino. Me las lavo. Hoy logré hacerme el nudo de la corbata a la perfección como un perfecto caballero. Mi abuela empaca las cosas que le llevaremos a mamá. Qué mucho la extraño, no es que la abuela sea mala pero se le olvidan las cosas y es muy estricta con eso de los vegetales. El señor del carro público llega un poco tarde. Mi abuela le pelea un poco. Llegamos. Otras mujeres como la abuela van llegando. Algunas llegan tranquilas, otras se ven muy tristes. La abuela dice que es porque son nuevas en esto pero que con el tiempo se van acostumbrando. Como ella dice a todo se acostumbra uno en la vida, incluso a las ausencias de la gente que uno ama. Siempre que dice esto se le aguan los ojos y me pasa la mano por la cabeza. Yo me pongo triste y me siento muy incómodo dentro del gabán que me queda pequeño. Me escupo la mano para brillar mis zapatos. La abuela me da un coscorrón y me sermonea sobre las bacterias que son bichitos que se reproducen en los intestinos y enferman a los niños. Quisiera que mi mamá estuviese conmigo pero no se lo digo a nadie ni mucho menos lloro. Siempre que quiero llorar la abuela me dice que me ahorre las lágrimas para otro momento y yo me aguanto aunque los ojos se me pongan rojos y el pecho me quiera estallar. Sin embargo, la abuela sí llora, debe ser que ya es viejita y los viejitos pueden hacer lo que se les pegue en gana. Allí está Mamá, no le voy a decir nada ni siquiera que ya crecí cuatro centímetros y que la maestra dice que soy todo un genio en las matemáticas. Quisiera decirle que entiendo que la muerte no es tan mala, que he aprendido bien que todos vamos a morirnos, como dice la abuela unos antes, otros después. Ella siempre llora, siempre quiere quedarse un poco más pero los guardias la reprenden y le dicen que si no se comporta harán un reporte. Yo quisiera escupirlos y decirles que se vayan a la mierda pero la abuela me ha prohibido repetir malas palabras. Mi mamá me pide un beso de despedida y yo la miro sin decirle nada. La corbata me asfixia y los ojos me pican. No quiero que me dé un beso y luego se vaya. Así que le doy la espalda, la abuela me reprende y yo no digo nada. Mi mamá solloza. Los guardias anuncian que la hora de visita se ha acabado. Abren las rejas, las mujeres caminan, muchas de ellas abrazan a otros niños y hacen promesas de verse la semana próxima. La abuela se sopla la nariz y me dice que es muy triste estar encerrado, que por eso debo portarme bien. Yo pienso que yo quisiera tener otro tipo de sábados, que realmente los condenados somos otros pero la abuela me daría otro coscorrón y ya es suficiente con llevar esta maldita corbata.

Awilda Castro
escritora puertorriqueña radicada en Estados Unidos

Visita el blog de la autora:
http://bolasdepelos.blogspot.com/

Cuadro de Amedeo Modigliani

3 comentarios:

Ciudadanoem dijo...

Como la madre, sollozando me encuentro. ¡Estupendo!

J. Colon-Bilbraut dijo...

Genial Awilda! Es tan facil leerte. Me haces devorarme las palabras y nunca deja de soprenderme el final. Excelente juego de palabras!

Antagónica dijo...

Muy bueno, me alegra q regreses a las letras con el pie derecho.

Un abrazo, y espero q la vida te sonria.